Frei Betto
religioso dominico
Frente a la realidad en que vivimos, no podemos ni debemos quedarnos de brazos cruzados. Hay que alimentarnos, en la fe y en la mística, nuestra esperanza y buscar alternativas al neoliberalismo. No cae todo del cielo. Surgen de la práctica social, a través de luchas populares, movimientos sindicales, grupos de presión de la sociedad civil, partidos políticos, etc.
Para forjar esas alternativas, se exige:
1. Visión crítica del neoliberalismo. Hay que profundizar el conocimiento del neoliberalismo como carácter globalizado del capitalismo en este mundo unipolar. Ahora, la especulación predomina sobre la producción; los conglomerados transnacionales se sobreponen a los Estados; el mercado centraliza la economía mundial; el paro y la exclusión social son tenidos como meros fenómenos resultantes del desarrollo tecnológico y de la concentración del capital.
El neoliberalismo profundiza las contradicciones del capitalismo, en la medida en que la expansión globalizada del mercado provoca la competición comercial entre las grandes potencias; desplaza la producción para áreas donde se puedan pagar sueldos irrisorios; estimula el éxodo de las poblaciones pobres rumbo a las naciones ricas; introduce tecnología punta que reduce puestos de trabajo; vuelve las naciones dependientes del capital especulativo.
2. Organizar la esperanza. No basta esperar una nueva sociedad, hay que trabajar para construirla. Se cosecha en el futuro lo que se siembra hoy. Encontrar alternativas es un esfuerzo colectivo. Las alternativas no surgen de la cabeza de intelectuales iluminados o de gurús ideológicos. De ahí la importancia de dar consistencia organizativa a todos los sectores de la sociedad que esperan otra cosa diferente de eso que se ve en realidad actual: desde agricultores que sueñan en labrar su propia tierra hasta los jóvenes interesados en la preservación del medio ambiente. Hay que organizar la esperanza en la tierra, en el movimiento sindical, en la Iglesia, en el arte, en el grupo de mujeres, etc.
3. Rescatar la utopía. El neoliberalismo pregona el "fin de la historia", de las grandes místicas que dan sentido a la vida, de las ideologías, de las utopías. Ahora, todo es "aquí y ahora", la cultura se convierte en un mero entretenimiento, las grandes narrativas se despedazan en fragmentos, la historia se restringe a la vida privada y a los detalles.
Sin utopías no hay movilización motivada por la esperanza. Ni posibilidad de visualizar un mundo diferente, nuevo y mejor.
4. Elaborar proyectos alternativos. Las utopías deben ser traducidas en proyectos que señalicen la nueva sociedad y, en ella, al hombre y la mujer nuevos. No conviene confundir proyectos con programas. Hay partidos que tienen programas, pero no tienen proyectos. Debemos tener un proyecto en el cual estén contenidos nuestros sueños de futuro y los valores que defendemos.
5. Establecer un programa de trabajo. El proyecto es la síntesis del programa. Este debe concretar los objetivos, las prioridades, los recursos, las etapas, el modo de actuar en las diferentes áreas y con los diferentes sectores de la población.
6. Estrategia de lucha. Definidos el proyecto y el programa a la luz de la utopía de una sociedad alternativa, la organización de la esperanza supone señalar la estrategia de como alcanzar los objetivos propuestos. Debemos tener claras las prioridades de trabajo, los objetivos, los recursos, las banderas de lucha.
7. Profundizar la mística y construir el hombre y la mujer nuevos. Es la mística que nos motiva e imprime sentido a nuestra vida individual y a nuestro esfuerzo comunitario o colectivo. La mística de naturaleza religiosa se nutre en las fuentes de la oración, en la meditación de la Biblia, en el ejemplo de Jesús y de los grandes maestros espirituales; mientras en la naturaleza laica se nutrirá con el ejemplo de los grandes militantes de la utopía como Gandhi, Luther King, Che, Zumbi, Chico Mendes etc.
La mística hace que abracemos los nuevos valores - solidaridad, participación, compartir, etc. - que forjan en nosotros el hombre y la mujer nuevos. La sociedad se hace nueva cuando nos hacemos nuevos. Y al hacernos nuevos, transformamos la vieja sociedad en nueva. Una cosa depende y está ligada a la otra.
Nuestros valores deben estar enraizados en el corazón. Eso exige una profundidad de nuestra subjetividad. Nuestra esperanza no es sólo política. Es también espiritual. Los nuevos valores deben ser vividos en las relaciones interpersonales, de género, familia y compañerismo, sin el riesgo de transformarse en mili-tonto, aquel que participa de todo pero, en la vida personal, contradice lo que predica y defiende, pues jamás reserva tiempo a la oración, a la familia, al estudio, al ocio, volviéndose susceptible de perder el equilibrio mental y la salud física y espiritual.