martes, junio 20, 2006

Fútbol, devoción brasileña

Frei Betto
religioso dominico


El fútbol es juego, y el juego es hermano gemelo del arte. Si el arte nos permite trascender -pues todo artista es un clon de Dios- y traduce la búsqueda de la inmortalidad de quien lo cultiva, el juego es una bola en el suelo: condensa la vida.

No hay un juego igual a otro. Cada partido es único, singular, regido por el principio cuántico de la indeterminación. Al ver la pelota es imposible prever con seguridad el movimiento que hará. Si está en movimiento, como en un pase entre Roberto Carlos y Ronaldinho Gaúcho, nada impide que sea interceptada por la cabeza del jugador adversario o por un movimiento de bandera indicando una falta.

La vida es juego. Al nacer entramos en el campo, con la diferencia de que no sabemos cuándo termina el partido. Sabemos, por experiencia, que es imprevisible. Porque no somos lo que pensamos. Somos lo que hacemos. Y no siempre actuamos según los principios que profesamos. Nuestro actuar es interactuar. Al "yo soy yo y mis circunstancias", de Ortega y Gasset, podemos añadirle: "yo somos nosotros", colectividad. "Nosotros" de relaciones con los semejantes y con la naturaleza.

Nadie acapara siempre la pelota. Nuestro existir depende de pases ajenos, unos certeros, otros extraviados; de la capacidad de regatear situaciones complicadas; de situaciones imprevistas, de faltas, contusiones, disparos a la grada y jugadas brillantes. Hasta que metamos gol -en la vida familiar o profesional- la pelota siempre retorna al campo y el juego recomienza, cual incesante pelea de Sísifo.

Nunca sabremos el resultado final. La sabiduría consiste en jugar sin hacer trampas (ética), observando las reglas, aunque sea frecuente la tentación de burlarlas. ¡Cuántos campeones de ahora dejaron el campo cubiertos por la derrota! Sócrates, Jesús, Juana de Arco, Tiradentes, Van Gogh! Y lo mismo a la inversa: campeones que ayer levantaron la copa de la victoria sin imaginar que el tiempo les haría beber la hiel de la ignominia: Nerón, Hitler, Stalin, Médicis.

Esa asociación que sucede en nuestro inconsciente entre vida y juego nos induce a tomar partido con entusiasmo: Se juega en el campo la estima de una nación, de los seguidores de un equipo, del hincha como individuo. El deporte catalizador, dionisíaco, varía de país a país. En la Grecia antigua, el maratón; en los Estados Unidos el béisbol; en Rusia la nación se extasía ante un tablero de ajedrez; en Brasil el fútbol. El fútbol es nuestra alma y expresa nuestra creatividad, que trasciende la razón. Como en el teatro griego, en el estadio se ritualiza la catarsis de un pueblo. Todo gira en torno a una bola, objeto esférico, la más perfecta forma espacial, símbolo del universo, del globo terrestre, del firmamento, de la totalidad de todos los opuestos que se anulan entre sí. Figura geométrica dinámica, como nuestra índole. La bola expresa, como todo círculo, la vuelta a sí mismo, y significa unidad y perfección.

El campo, con su engramado impecable, es nuestro Jardín del Edén, encerrado en un estadio que, en general, tiene forma esférica. Allí se decide nuestro destino. Hay que recordar que "gol" deriva del inglés goal, que significa "objetivo". Hay que alcanzarlo, aunque sea a través de los meandros laberínticos del juego; importa estar simbolizado en la disputa. Y todo el juego se da gracias a la cooperación, al engranaje, a la confianza entre los jugadores. E implica la derrota del adversario, aunque sin anularlo, reconociéndole siempre el derecho a una nueva posibilidad de buscar la victoria. Finalmente, predomina la compasión.

Como los juegos de Olimpia, en la antigua Grecia, el fútbol es tragedia y comedia, derrota y victoria, tristeza y alegría. La pelota en los pies y la emoción en el corazón son nuestra más evidente expresión religiosa pagana, multireligiosa. Encendemos velas, hacemos promesas, alimentamos orixás, movilizamos amuletos y sortilegios.

Los héroes del panteón brasileño, inmortalizados en la memoria nacional, son Didí, Garrincha, Pelé, Tostao, Zico y tantos otros jugadores de fútbol. Somos fieles devotos de nuestros equipos preferidos. Aunque pierda o baje de categoría, no admitimos rechazarlo ni arrancar del corazón la bola de nuestra imperecedera fidelidad. Pues tenemos fe de que, en el futuro, nos dará grandes alegrías y victorias.

La Copa es copa, y taza en la que todos sorbemos alientos y esperanza, en una comunión que sacramenta la unión de 180 millones de brasileños. Es tanta su importancia para el pueblo brasileño, que el fútbol debería ser nombrado patrimonio nacional.