Leonardo Boff
Teólogo
En el día de las madres no habla la inteligencia analítica sino la inteligencia emocional. Lógicamente, el comercio explota ese día, pero el significado de la figura de la madre es tan poderoso que nunca se deja desvirtuar totalmente. No es necesario subrayar la importancia de la madre en la orientación futura de la vida de un niño. Basta referirse a las aportaciones inestimables de Jean Piaget con su psicología y pedagogía evolutiva, y principalmente a las de Donald Winnicot, con su pediatría combinada con psicoanálisis infantil. Ellos nos detallaron los complejos vericuetos de la psiqué infantil en esos momentos iniciales y decisivos de la vida.
Hoy no cabe ese tipo de reflexión por importante que sea. Ocupa su lugar el afecto, cuyas raíces se remontan a hace más de doscientos millones de años, cuando en el proceso de evolución surgieron los mamíferos, de los que descendemos nosotros. Con ellos nos llegó el afecto y el cuidado, guardados como informaciones por el cerebro límbico hasta los días actuales. Entreguémonos brevemente a la tierna fuerza del afecto.
Hay muchos textos conocidos que exaltan la figura de la madre, como el bellísimo del obispo chileno Ramón Jara(1). Pero hay otro de gran belleza y verdad que nos viene de África, de una noble abisinia, recogido como prefacio del libro «Introducción a la esencia de la mitología» (1941), escrito por dos grandes maestros en este área, Charles Kerény y Karl Gustav Jung. Así habla una mujer en nombre de todas las madres:
«¿Cómo puede saber un hombre lo que es una mujer? La vida de la mujer es totalmente diferente de la de los hombres. Dios la hizo así. El hombre permanece el mismo desde su circuncisión hasta su declive. Él es el mismo antes y después de haber encontrado por primera vez a una mujer. Sin embargo, el día en que la mujer conoce a su primer amor, su vida se divide en dos. Ese día ella se vuelve otra. Después del primer amor, el hombre es igual a lo que era antes. La mujer a partir de su primer amor es otra. Y así permanecerá toda la vida. El hombre pasa una noche con una mujer y después se va. Su vida y su cuerpo son siempre los mismos. La mujer, sin embargo, concibe. Como madre, ella es diferente de la mujer que no es madre, pues ella carga en su cuerpo durante nueve meses las consecuencias de una noche. Algo crece en su vida y de su vida jamás desaparecerá, pues es madre. Y seguirá siendo madre aun cuando el hijo o todos los hijos tengan que morir. Porque ella llevó a la criatura en su corazón. Y aun después de nacida, la sigue llevando en su corazón. Y de su corazón no saldrá jamás, aunque el hijo o la hija mueran».
«Todo esto no lo conoce el hombre. No sabe nada de esto. No conoce la diferencia entre el «antes del amor» y el «después del amor», entre antes de la maternidad y después de la maternidad. No puede saberlo. Sólo una mujer puede saber y hablar sobre eso. Por eso las madres nunca nos dejamos persuadir por nuestros maridos. La mujer puede solamente una cosa: cuidar de sí misma. Puede conservarse decente. Debe ser lo que su naturaleza es. Debe ser siempre niña y madre. Antes de cada amor es niña. Después de cada amor es madre. En eso podrá saberse si es o no una buena mujer».
Estas reflexiones están dedicadas a las madres vivas o fallecidas, como mi madre Regina. Hoy las recordamos con cariño. Ellas están en nuestros corazones y de ahí nunca se irán.
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(1) Retrato de una Madre
Monseñor Ramón Ángel Jara
Hay una mujer que tiene algo de Dios por la inmensidad de su amor, y mucho de ángel por la incansable solicitud de sus cuidados; una mujer que, siendo joven tiene la reflexión de una anciana, y en la vejez, trabaja con el vigor de la juventud; la mujer que si es ignorante descubre los secretos de la vida con más acierto que un sabio, y si es instruida se acomoda a la simplicidad de los niños; una mujer que siendo rica, daría con gusto su tesoro para no sufrir en su corazón la herida de la ingratitud; una mujer que siendo débil se reviste a veces con la bravura del león; una mujer que mientras vive no la sabemos estimar porque a su lado todos los dolores se olvidan, pero que después de muerta, daríamos todo lo que somos y todo lo que tenemos por mirarla de nuevo un instante, por recibir de ella un solo abrazo, por escuchar un solo acento de sus latidos.
De esa mujer no me exija el nombre si no quieres que empape de lágrimas vuestro álbum, porque yo la vi pasar en mi camino.
Cuando crezcan vuestros hijos, léanles esta página, y ellos, cubriendo de besos vuestra frente, os dirán que un humilde viajero, en pago del suntuoso hospedaje recibido, ha dejado aquí para vosotros y para ellos, un boceto del Retrato de su madre.