jueves, febrero 23, 2006

Bruna y otras más

Maria Clara Lucchetti Bingemer
Teóloga


Un reciente reportaje de una de las revistas más leídas del país dio mas detalles de lo que la televisión ya había anunciado hace no mucho tiempo. En las grandes ciudades, muchas niñas de clase media, que tienen una vida holgada y buena instrucción, buscan la prostitución como medio de vida.

Las publicaciones traen el testimonio de Bruna Surfistinha, sobrenombre de la muchacha que sacó su propio caso a la calle y al espacio público. Junto a ella, testimonian otras, ninguna por encima de los 25 años. La mayoría vive con sus padres, que o no saben o toleran su elección profesional. ¿El motivo de la decisión y de la elección? Dinero y nada más que dinero.

El trabajo honesto, prolongado y cotidiano jamás fue fuente de renta fácil y rápida. Hay que trabajar toda una vida, de sol a sol, para jubilarse ya en edad avanzada con algún dinero guardado para una vejez decente. Las niñas del reportaje no se conforman con ese ritmo ni con este estado de cosas. Descubrieron en la "atención" a ejecutivos de alto nivel y en el "trabajo" en prostíbulos de lujo una fuente mucho más rápida y fácil de alcanzar los objetos de consumo soñados y deseados.

Es así que muchas de ellas hoy tienen coche, computador, móvil de moda, además de ropas de marca, perfumes caros e incluso casa propia. Ganan en un sólo servicio de una hora lo que llevaría muchas veces más de un mes obtener en un sudado y oscuro trabajo. Ahora el dinero les llega abundantemente a sus manos. Mientras haya juventud y belleza, habrá programas. Y hombres aburridos, que pagan caro por el placer de alquilar aquello que no consiguen cultivar gratuita y amorosamente en sus hogares y alcobas.

Lejos de mí querer aquí juzgar a Bruna y sus compañeros. ¿Quién soy yo para penetrar en la intimidad de sus jóvenes corazones y saber qué dramas y dolores pasaron por allí para que optaran por ese camino? ¿Quién soy yo para evaluar los vacíos y carencias de afecto, de sentido para la vida que atormentan sus noches insomnes y sus días tranquilizados con drogas y bailes incesantes? ¿Quién soy yo para imaginar el tremendo vacío de horizonte y de trascendencia que hace que sus vidas cotidianas sólo se expliquen por lo inmediato: el placer inmediato, el lucro inmediato, el poder adquisitivo inmediato?

Me pesa en el corazón, sin embargo, leer los testimonios de esas jóvenes al hablar sobre sus vidas. Me pesa verificar lo que la sociedad neoliberal hizo con ellas y su vocación de seres humanos. Me pesa constatar que el único valor que las mueve es el dinero y por él venden lo que tienen más precioso en la vida: su cuerpo, su persona, su dignidad. Me pesa ver que algunas declaran haber quedado con “asco de hombre” y, por lo tanto, admiten que se han colocado para siempre fuera del alcance del amor, sus éxtasis y sus encantos. Me pesa ver que el pan de cada día de estas niñas es contemplar la morbidez de las infidelidades masculinas, que delante de ellas, en el motel, telefonean a sus esposas con sórdidas mentiras antes de usarlas más de una vez en la cama sin amor y sin otro compromiso que el pago que vendrá después.

Algunas aún tienen sueños: casarse con un jugador de fútbol, mirando el dinero que disfrutarán con el compañero. O escribir un libro y tener el mismo éxito editorial que Bruna Surfistinha, lanzando un best seller en una cultura que consume de todo, sobre todo lo que no hace pensar ni exige altura de espíritu. Otras desean salir de aquella vida. Tienen vergüenza de salir a la calle y se sienten señaladas por el dedo de quienes pasan, aunque nada en su apariencia denuncie a la clásica prostituta callejera, de ropa barata y corta, senos semidesnudos y pocos dientes en la boca. El sello que llevan en la cabeza, sin embargo, les pesa de la misma manera. Se sienten marginadas, malditas, avergonzadas.

Triste cultura la nuestra en que la que el ser humano ha sido reducido a un mero sujeto consumidor de bienes inútiles y superfluos. Y que para adquirirlos haga cualquier cosa: transportar droga, marcado para morir preso en las redes del tráfico, o vender el propio cuerpo joven, hecho para el amor y la maternidad, en el anonimato de relaciones estériles y destructivas.

Resta esperar que Bruna y sus amigas un día encuentren en su camino alguien que las trate como personas y les muestre cuánto valen, cuán preciosas son sus vidas y sus cuerpos, y que vale la pena invertir su tiempo y su potencial en el amor cultivado y afectuoso y en el trabajo honesto y en la creatividad de cada día, que puede tardar, pero que hará toda la diferencia. (Traducción ALAI)