lunes, agosto 13, 2007

¿Qué es tener vergüenza?

Leonardo Boff
teólogo brasileño

Benjamín Franklin (1706-1790) fue editor, refinado intelectual, escritor, pensador, naturalista, inventor, educador y político. Proponía como proyecto de vida un pragmatismo ilustrado, asentado sobre el trabajo, el orden y la vida sencilla y sobria. Fue uno de los padres fundadores de la patria estadounidense y un participante decisivo en la elaboración de la Constitución de 1776. Ese mismo año fue enviado a Francia como embajador. Frecuentaba los salones y era celebrado como sabio hasta el punto de que el propio Voltaire, ya anciano de 84 años, salió a recibirle en la Real Academia. Cierta tarde, se encontraba en el Café Procope de Saint-Germain-des-Près, cuando irrumpió salón adentro un joven abogado y revolucionario, Georges Danton, diciendo en voz alta para que todos lo oyesen: «El mundo no es más que injusticia y miseria. ¿Dónde están las sanciones?» Y dirigiéndose a Franklin le preguntó provocativamente: «Señor Franklin, ¿por detrás de la Declaración de Independencia norteamericana, no hay justicia, ni una fuerza militar que imponga respeto? Franklin serenamente contestó: «Se equivoca, señor Dantón, detrás de la Declaración hay un inestimable y perenne poder: el poder de la vergüenza (the power of shame)».

Es la vergüenza la que reprime el impulso a violar las leyes y frena la voluntad de corrupción. Ya para Aristóteles la vergüenza y el rubor eran indicios inequívocos de la presencia del sentimiento ético. Cuando faltan, todo es posible. La vergüenza pública obligó a Nixon a renunciar a la presidencia. Cada cierto tiempo, vemos a ministros y a ejecutivos importantes teniendo que pedir la dimisión inmediata por actos vergonzosos. En Japón llegan a suicidarse por no soportar la vergüenza pública. Sentir esa vergüenza es tener un límite intraspasable. Violado, la sociedad desprecia a su violador, pues sin límites no se puede convivir.

¿Qué es tener vergüenza? El diccionario Aurelio de la lengua portuguesa lo define así: «tener sentimiento de la propia dignidad; tener pundonor». Es lo que más nos falta en la política, en quienes ostentan poderes públicos, en diputados, senadores, ejecutivos, y tantos otros ladrones y corruptos de cuello blanco. Con el mayor descaro y sin avergonzarse niegan crímenes manifiestos, mienten sin escrúpulos en los interrogatorios y en las entrevistas a los medios de comunicación. Son personas que a fuerza de hacer lo ilícito y de saberse impunes perdieron el sentido de la propia dignidad. Robar del erario público, asaltar recursos destinados hasta para la merienda escolar o falsificar medicamentos no les ruboriza ni les hace enrojecer. Crimen es la estupidez de quien deja rastro o se deja pillar con las manos en la masa. No les importa, pues saben que saldrán impunes, basta con pagar buenos abogados y presentar recurso sobre recurso, hasta que expire el plazo. Parte de la justicia ha sido montada para facilitar estos recursos y favorecer con el poder a quienes no tienen vergüenza.

Como trasfondo de todo está una cultura que siempre negó dignidad a los indios, a los negros y a los pobres. Les robó su valor ético, porque la mayoría tiene vergüenza y un mínimo de dignidad. Como me decía un amigo que vive de la basura con el que trabajé cerca de veinte años: «lo que más me duele es tener que tragarme la vergüenza y sujetarme a vivir de la basura. Pero no soy un “buscabasuras”, soy un trabajador que con mi trabajo digno consigo alimentar a mi familia». Si nuestros políticos desvergonzados tuviesen el sentido de la dignidad de este trabajador, digna y dignificante sería la política de nuestro país.

martes, julio 31, 2007

El fetichismo de la imagen

Mercedes Hernández
Periodista

El año que viene 3.300 millones de personas vivirán en ciudades, según Naciones Unidas. Por primera vez en la historia, más de la mitad de la población mundial residirá en áreas urbanas. La ciudad se convierte en el símbolo de nuestro siglo y las relaciones que a se establecen marcan la historia.

Cada vez más, millones de personas establecen unos lazos sociales que condicionan el futuro: la familia, el amor, la amistad o la rivalidad se ven envueltas por un contexto único, la ciudad moderna. Estas relaciones se transforman al ritmo de la globalización y de los medios de comunicación, además de otros fenómenos como la inmigración, la contaminación o el urbanismo desorbitado, que conforman los rasgos que definen nuestra vida y nuestras urbes.

Estos nuevos gigantes son examinadas por Marc Augé, antropólogo y estudioso de las sociedades contemporáneas, que señala una característica definitoria por encima de cualquier otra: el consumo. “Estamos en una sociedad de consumo, que define nuevos modos de individualidad. Se asocia menos a la idea del capitalismo la del individuo emprendedor, a pesar de que esta imagen existe aún. En el nivel de las grandes masas, portarse bien es consumir mucho. El índice de consumo es el índice de salud de un país”. Es el consumo desorbitado el que marca nuestras vidas. Desde que nos levantamos hasta que dormimos, nuestra vida gira en torno a pequeños actos de consumo. La ciudad se convierte en una gran tienda. Nuestras elecciones, disfrazadas en pequeñas compras, marcan las sociedades actuales donde existen dos elementos claves: la imagen y los medios de comunicación.

Los mass media no sólo muestran una determinada realidad, sino que, además, marcan la continuidad; se convierten en referentes de los ciudadanos, en el reloj que marca el ritmo de sus vidas. Por ejemplo, existen interlocutores ficticios en la televisión que cumplen un papel importante para el consumidor. Hay gente que no soportaría vivir sin tener su cita diaria con el noticiario o con el reportaje del sábado. Esta relación estructura el tiempo. En nuestras sociedades, se ha instaurado un nuevo reparto entre lo real y la ficción que afecta la vida social hasta el punto de hacernos incluso dudar de la realidad. Las nuevas tecnologías, con medios como Internet, no añaden más que confusión a este panorama. Pero no todo es negativo. Como dice Augé “no sólo hay que vivir con ellos, sino que hay que quererlos. La paradoja es que, en efecto, estos nuevos medios de comunicación multiplican tanto las posibilidades de relación con el exterior que pueden producir una especie de vértigo y, quizás, de soledad”. El autismo e individualismo del que tanto se ha acusado a las sociedades modernas.

La imagen es el segundo elemento que cierra el círculo del consumo. Hay una sobrevaloración constante de la imagen. Si asociamos esto a los medios de comunicación, nos damos cuenta de que los que están en la pantalla tienen una forma de existencia más fuerte porque millones de personas los reconocen, lo que provoca el sentimiento de que hay que pasar a través de la imagen para existir. Si los medios son el reino en el que se desarrolla nuestra vida, el que salga en ellos será el rey. De ahí que la mejor manera de cautivar a las audiencias sea darles la impresión de que pueden estar en la televisión, explica el antropólogo. Esto podría explicar el éxito de los reality shows.

Estos dos elementos condicionan unas relaciones sociales que no dejan de crecer y multiplicarse. Pero lejos de la imagen de ciudades consumistas, egoístas y solitarias, se muestran también fenómenos que dan lugar a la esperanza. Se ve, por ejemplo, en los acontecimientos que crean efectos de solidaridad: el miedo ecológico o la unión tras los ataques terroristas que han sacudido las principales capitales.

La ciudad es el mejor espacio para que se desarrolle la opinión pública. El siguiente paso es crear una opinión pública global, capaz de manifestarse y concienciarse a nivel mundial. Según todos los pronósticos, el futuro pasa por las ciudades. Si los medios de comunicación o la imagen que define nuestras ciudades es elección nuestra, es ahora cuando tenemos que elegir si el aire de la ciudad nos hará libres, o esclavos.