miércoles, febrero 14, 2007

Rumí, el místico del amor

Leonardo Boff

teólogo

En este año 2007 se cumplen 800 años del nacimiento de Jalal ud-Din Rumi (1207-1273), el mayor de los místicos islámicos, un extraordinario poeta del amor. Nació en Afganistán, pasó por Irán y vivió y murió en Konia, Turquía. Era un erudito profesor de teología, celoso en sus ejercicios espirituales. Todo cambió en su vida cuando se encontró con la figura misteriosa y fascinante del monje errante Shams de Tabriz. Como se dice en la tradición sufí, fue «un encuentro entre dos océanos». Ese maestro misterioso inició a Rumí en la experiencia mística del amor. Su agradecimiento fue tan grande que le dedicó todo un libro de 3.239 versos, el Divan de Shams de Tabriz. «Divan» significa colección de poemas.

La efusión del amor en Rumí es tan avasalladora que lo abraza todo: el universo, la naturaleza, las personas y sobre todo a Dios. En el fondo se trata del único movimiento de amor, que no conoce divisiones, sino que enlaza todas las cosas en una unidad última y radical tan bien expresada en el poema Yo soy Tú: «Tú, que conoces a Jalar ud-Din (nombre de Rumí), Tú , el Uno en todo, di quién soy. Di: soy Tú». O aquel otro: «De mí no queda sino el nombre; todo el resto es Él».

Esa experiencia de unión amorosa fue tan inspiradora que hizo que Rumí produjese una obra de 40 mil versos. Famosos son el Masnavi (poemas de cuño reflexivo-teológico), el Rubal-yat (canción de amor a Dios) y el ya citado Divan de Tabriz.

Propio de la experiencia místico-amorosa es la embriaguez del amor que hace del místico un «loco por Dios», como lo fue san Francisco de Asís, Santa Teresa de Ávila, Santa Xênia de Rusia y también Rumí. En un poema del Rubai’yat dice: «Hoy no estoy ebrio: soy los millares de ebrios de la tierra. Estoy loco y amo a todos los locos, hoy».

Como expresión de esta locura divina inventó la sama, la danza extática. Consiste en danzar girando sobre sí mismo y alrededor de un eje que representa al sol. Cada dzerviche –así se llaman los danzantes- se siente como un planeta girando alrededor del sol que es Dios.

Difícilmente en la historia de la mística universal encontramos poemas de amor con la inmediatez, la sensibilidad y la pasión de los poemas escritos por el musulmán Rumí. Es como una fuga de mil motivos que va y viene sin cesar. En un poema del Rubai’yat canta: «Tú, único sol, ¡ven! Sin Ti las flores se marchitan, ¡ven! Sin Ti el mundo no es sino polvo y ceniza. Este banquete y esta alegría, sin Ti quedan totalmente vacíos, ¡ven!

Uno de los más bellos poemas, por su densidad amorosa, me parece que es éste, tomado del Rubai’yat: «Tu amor vino hasta mi corazón, y se marchó feliz. Después volvió, se puso los vestidos del amor, pero, una vez más, se fue. Tímidamente le supliqué que se quedase conmigo al menos por unos días. Él se sentó junto a mí y ya se olvidó de partir»...

La mística desafía la razón analítica. La sobrepasa, porque expresa la dimensión del espíritu, aquel momento en el que el ser humano se descubre a sí mismo como parte de un Todo, como proyecto infinito y misterio abismal, inexpresable. Bien notaba el filósofo y matemático Ludwig Wittgenstein en la proposición VI de su Tractatus logico-pilosophicus: «lo inexpresable se muestra, es el místico». Y termina en la proposición VII con esta frase lapidaria: «Sobre lo que no podemos hablar, debemos callar». Es lo que hacen los místicos. Guardan un noble silencio, o cantan, como hizo Rumi, pero de un modo tal que la palabra nos conduce al silencio reverente.

martes, febrero 13, 2007

Sin violencia - Bien claro

José Antonio Pagola

sacerdote español

Lucas 6, 27 – 38.- Jesús lo veía todo desde su propia experiencia de Dios. Y Dios, el Padre bueno de todos, ama y busca la justicia, pero no es violento. No destruye a los injustos, sino que busca su cambio. Así es Dios y así hay que trabajar por un mundo más humano. No introduciendo más violencia, sino buscando el cambio de las personas y la humanización de las relaciones.

¿No es esto un sueño ingenuo de Jesús? ¿Hay que permanecer pasivos ante los abusos? ¿Hay que someterse con resignación a las injusticias de los poderosos? ¿Se puede luchar contra el mal sólo con el bien?

La postura de Jesús es clara. Para hacer un mundo más humano, hemos de actuar en sintonía con Dios cuyo corazón no es violento. Hemos de parecernos a él, incluso al luchar contra la injusticia. Jesús es realista. No impone normas ni da preceptos. Sencillamente, a «los que le escuchan» les sugiere un estilo de actuar original y sorprendente.

No llama a la pasividad; no anima a la resignación. Invita a reaccionar ante las agresiones con un gesto amistoso que desconcierte y haga reflexionar al adversario, cortando de raíz la escalada de la violencia.

Jesús pone ejemplos sencillos para ilustrar su idea: «Al que te pegue en una mejilla, preséntale la otra». No pierdas tu dignidad, mírale a los ojos, quítale su poder de humillarte, ofrécele la otra mejilla, hazle saber que su agresión no ha tenido un efecto destructor sobre ti; sigues siendo tan humano o más que él.

Otro ejemplo: «Al que te roba la capa, déjale también la túnica que cubre tu cuerpo. Preséntate así ante todos, desnudo pero con dignidad. Que el ladrón quede en ridículo y todos puedan ver hasta donde llega su ambición e injusticia».

Nunca serán muchos los que sigan a Jesús. Jamás pensó él en grandes masas. Sólo quería algunos seguidores que fueran «luz del mundo» y «sal de la tierra». Quienes se resisten personalmente a la violencia en medio de un mundo injusto y violento son los que mejor apuntan hacia una sociedad verdaderamente humana.

Bien claro

Lucas 6, 17. 20 – 26.- Jesús no poseía poder político ni religioso para transformar la situación injusta que se vivía en su pueblo. Sólo tenía la fuerza de su palabra. Los evangelistas recogieron, uno detrás de otro, los gritos que Jesús fue lanzando por las aldeas de Galilea en diversas situaciones. Sus bienaventuranzas quedaron grabadas para siempre en sus seguidores.

Se encuentra Jesús con gentes empobrecidas que no pueden defender sus tierras de los poderosos terratenientes y les dice: «Dichosos los que no tenéis nada porque vuestro rey es Dios». Ve el hambre de mujeres y niños desnutridos, y no puede reprimirse: «Dichosos los que ahora tenéis hambre porque quedaréis saciados». Ve llorar de rabia e impotencia a los campesinos, cuando los recaudadores se llevan lo mejor de sus cosechas y los alienta: «Dichosos los que ahora lloráis porque reiréis».

¿No es todo esto una burla? ¿No es cinismo? Lo sería, tal vez, si Jesús les estuviera hablando desde un palacio de Tiberíades o una villa de Jerusalén, pero Jesús está con ellos. No lleva dinero, camina descalzo y sin túnica de repuesto. Es un indigente más que les habla con fe y convicción total.

Los pobres le entienden. No son dichosos por su pobreza, ni mucho menos. Su miseria no es un estado envidiable ni un ideal. Jesús los llama «dichosos» porque Dios está de su parte. Su sufrimiento no durará para siempre. Dios les hará justicia.

Jesús es realista. Sabe muy bien que sus palabras no significan ahora mismo el final del hambre y la miseria de los pobres. Pero el mundo tiene que saber que ellos son los hijos predilectos de Dios, y esto confiere a su dignidad una seriedad absoluta. Su vida es sagrada.

Esto es lo que Jesús quiere dejar bien claro en un mundo injusto: los que no interesan a nadie, son los que más interesan a Dios; los que nosotros marginamos son los que ocupan un lugar privilegiado en su corazón; los que no tienen quien los defienda, tienen a él como Padre.

Los que vivimos acomodados en la sociedad de la abundancia no tenemos derecho a predicar a nadie las bienaventuranzas de Jesús. Lo que hemos de hacer es escucharlas y empezar a mirar a los pobres, los hambrientos y los que lloran, como los mira Dios. De ahí puede nacer nuestra conversión.