miércoles, marzo 24, 2010

Mons. Romero: su presencia, compromiso y testimonio como referencia en la actual situación

+ Mons. Oscar Arnulfo Romero
Arzobispo de San Salvador

La dimensión socio-política de su presencia,
compromiso y testimonio, como referencia en la
actual situación de nuestros pueblos*


Luis Enrique Marius

En una sana costumbre que continúo practicando, cuando voy a conocer a una persona, trato de conocer antes algo de su historia por fuentes confiables, tener algunas referencias no tanto en lo que piensa, sino fundamentalmente en lo que hace.

A inicios del año 1978, tuve la oportunidad de reunirme por más de dos horas, en la Casa Arzobispal de San Salvador con Mons. Oscar Romero.

Las referencias me hablaban de un pastor que fue sorprendido con su designación, muy cauto y reservado, hasta podríamos decir temeroso. Me lo definieron como algo conservador, humilde y de una profunda vida espiritual.

Esas mismas referencias me contaron de su amistad con el Padre Rutilio Grande, y el enorme impacto que le había producido, su cobarde y brutal asesinato hacia algo menos de un año.

Le conocí en la etapa más dura de su responsabilidad pastoral.

Me encontré con un hombre que el poeta argentino Atahualpa Yupanqui define como “los que ponen el gesto delante de la palabra”.

Me produjo dos sensaciones que naturalmente se complementan en las personas que no “observan”, sino que “viven” su realidad.

Por una parte, perplejidad y angustia al constatar tanto odio y maldad presentes en el corazón de muchos de sus compatriotas, que los llevaban a cometer atrocidades en desmedro de personas inocentes por el simple hecho de discrepar por ideas e intereses diferentes; y por otra, la responsabilidad que sentía como pastor, de ser voz de los que no la tienen, y asumir la doble dimensión de su compromiso cristiano en denunciar y anunciar, encarnar las angustias de los más excluidos, marginados y perseguidos, y sembrar la esperanza en la justicia y el amor.
Fui a encontrarle buscando respuestas y me retiré con más interrogantes.

Compartimos informaciones y análisis sobre las causas, pero especialmente, como enfrentar las consecuencias de esa polarización que arrastraba y devoraba a todo un pueblo hacia una cultura de la violencia y la muerte.

El Salvador, al igual que varios países de nuestra Patria Grande Latinoamericana, había caído en una espiral de violencia que lo hundía cada vez más, impidiendo toda forma de diálogo y racionalidad.

En mis notas registré algunas frases claves de Mons. Romero:

“Con los mismos argumentos, militares y guerrilleros, autojustifican las monstruosidades que cometen…
Como en la tragedia griega, vamos hacia el precipicio cantando tonadas de guerra… Cuantos errores habremos cometido para tener que pagar este precio!...
Cual ha sido nuestra omisión, para que sean tan pocos los dirigentes que no hayan perdido la fé y crean en nuestra esperanza”.

Fue la primera y única vez que pude verlo personalmente y me causó una muy grata impresión. Entre las referencias que tenía y el encuentro que vivimos, me sorprendió conocer a un pastor que sin mucha retórica, se había convertido y comprometido con su pueblo, con los más sufridos, excluidos y reprimidos, con una gran dosis de entrega y sacrificio, y un gran equilibrio entre la denuncia y el anuncio. Verdaderamente, “un signo de contradicción”, como deberíamos serlo todos los cristianos.

Unos años más tarde, luego del lamentable asesinato de Mons. Romero, y resonando en mis oídos ese encuentro, me reuní nuevamente con el Arzobispo de San Salvador, que en esa oportunidad era, el ya fallecido Mons. Rivera y Damas, quien había sucedido a Mons. Romero. Estábamos en el jardín de su residencia y a su lado un niño de no más de 4 años le tenía de la mano. Hablábamos de la violencia, que aunque de menor intensidad, aún se mantenía. Compartíamos la preocupación tanto por erradicar las causas, como de asumir y restañar las heridas que aún no habían cicatrizado. Recuerdo que acariciando la cabecita del niño que tenía a su lado, me dijo: “él vio como un grupo de militares asesinaban a su padre, madre y hermano…quedó sólo… ¿qué podremos hacer para borrar eso de su corazón?... pasarán algunas generaciones antes de lograrlo.”

El Salvador se situaba, al igual que la gran mayoría de los países centroamericanos, no ya en el “círculo de fuego” como se le denomina a esa región por la presencia y acción de los volcanes, sino en el “circulo de la muerte” generada por ideologismos que hicieron y aún hacen de la violencia un instrumento privilegiado de acción política para imponer sus intereses particulares.

En Guatemala, Honduras, El Salvador y Nicaragua, viví la persecución y asesinato de muchos compañeros y amigos, por el único delito de no aceptar “etiquetas prefabricadas”, ni “alineamientos” en función de intereses que no eran los de los trabajadores y nuestros pueblos. Más que la violencia, me rebelaba la impotencia ante la impunidad y el abandono que sufren y aún sufrimos, dirigentes y militantes sociales o políticos, cuando no existe referente legal alguno a quién recurrir en esas situaciones.

Recuerdo que en esa misma época, un gran amigo y hermano entregó su tesis de doctorado en desarrollo en la Universidad de Lovaina, donde asumía toda esta problemática y llegaba a una muy grave conclusión: las resultantes de la presencia e incidencia militar en Latinoamérica y la respuesta armada de algunos sectores, confluían en las mismas y nefastas consecuencias: la de haberse autojustificado unas a otras, y ambas, ser las responsables de una postergación por más de dos décadas, de condiciones mínimas de desarrollo en nuestros pueblos. Generó un hecho insólito: le rechazaron la tesis y debió denunciar académicamente a los profesores y ante un tribunal especial, le reconocieron su tesis, y especialmente, el derecho a discrepar de lo que era una “versión oficial”.

En ese contexto, no sólo se generalizan y polarizan las opciones, que hacen difícil el desarrollo y aplicación de claros criterios de discernimiento, sino que las “etiquetas” no sólo se colocaban a otros a partir de sus opciones, sino que también sirvieron para intentar, por lo menos, autojustificar las propias, y muchas veces, esconder la cobardía por no asumirlas.

Quienes hacen el esfuerzo, no por mantenerse al margen de las realidades, sino de vivir con coherencia el pensamiento y el compromiso asumido, sufren al igual que Mons. Romero, el “etiquetado” que quiere justificar lo injustificable.

Regularmente, y es muy enriquecedor y saludable que lo hagamos, los cristianos nos reunimos para orar. Deberíamos reflexionar si lo hacemos sólo para pedir, o también para agradecerle al Señor todo lo que nos ha dado. Aún más importante sería reflexionar sobre qué hemos hecho con lo que Él nos ha dado. La vida, la salud, la posibilidad de construir una familia, el amor que nos permite compartir fraternalmente la realidad y el futuro, la solidaridad que nos hermana.

Debería ser obligante para cada cristiano reflexionar, cada cierto tiempo sobre estos dones maravillosos que no nos vienen de la nada, y muchas veces ni siquiera merecemos.

Y quienes, por méritos o gratuidad de los hermanos debimos o tenemos que asumir responsabilidades para motivar, orientar o impulsar obras o movimientos, deberíamos reflexionar si somos efectiva y coherentemente cristianos. Si somos como la Morenita del Tepeyac (María de Guadalupe) “signos de contradicción” en nuestras sociedades, o si por el contrario justificamos por error u omisión, la injusticia y la falta de verdad y esperanza que nos rodea.

A finales del pasado año, un momento aprovechado para muchos mensajes tan edulcorados como vacíos o superficiales, recibí un análisis que me impactó, el mismo decía:

“Si pudiésemos reducir la población de la tierra a una pequeña aldea de 100 habitantes, y aplicáramos las proporciones de la actualidad, tendríamos: 57 asiáticos, 21 europeos, 8 africanos y 4 americanos; 52 mujeres y 48 hombres; 30 blancos y 70 no blancos; 30 cristianos y 70 no cristianos; 11 homosexuales y 89 normales; 6 personas tendrían el 59% de la riqueza y esos 6 serían norteamericanos. De las 100 personas, 80 vivirían en condiciones subhumanas, 70 no sabrían leer, 50 tendrían desnutrición, 1 estaría a punto de morir y 1 bebe estaría a punto de nacer, sólo 1 tendría formación universitaria y habría una sola computadora”.

Quien se precie de ser una persona responsable, y además, se considere o intente vivir como un cristiano, debería sacudirse como en un terremoto y cuestionarse profundamente. O no sería tan responsable y menos aún cristiano.

Pero si nos introducimos en la realidad particular Latinoamericana, y constatamos que durante los últimos 30 años, los Presidentes de nuestras Repúblicas, en un 87% se autodefinían como cristianos y además, decían ser egresados de Universidades Católicas, entonces la reflexión se nos complica.

Siempre tenemos la tendencia o mala costumbre, ante cualquier problema o situación negativa, de ponernos a buscar a alguien para adjudicarle la responsabilidad. Hablando políticamente, algunos en ciertas épocas le echábamos la culpa de las injusticias que vivimos a los comunistas, otros, ahora y siempre le echan la culpa al imperio yanqui. ¿Y nosotros?

¿Cómo podemos justificar que durante los 30 años de mayor crecimiento económico en Latinoamérica, se haya aumentado la injusta distribución de la riqueza?

¿Qué hemos hecho como cristianos para que la solidaridad no se agote en las moneditas que dejamos los domingos en las alcancías de nuestras iglesias?

¿Ante la violencia que afecta a nuestras sociedades, nos hemos encerrado en nuestras casas o reflexionamos y compartimos que sin justicia no es posible la paz, que sin un compromiso solidario no podemos construir un futuro mejor para nuestros pueblos?

¿Hemos estado a espaldas o huyendo de la realidad, o la hemos enfrentado, comunitaria y cristianamente para asumirla y resolverla?

Pasa el tiempo, y él nos ayuda a verificar la validez o inconveniencia de las actitudes que asumimos, como personas y como pueblos. No somos ni queremos o debemos convertirnos en jueces, fuera del contexto o de las condiciones que viven las personas.

Para los que intentaron en el momento histórico de Mons. Romero, mantenerse fuera de la confrontación y callaron lo que debían haber denunciado, protegiendo sus intereses, Mons. Romero, en el mejor de los casos había sido utilizado como instrumento de radicalización.

Para quienes deseaban que Mons. Romero se alineara en abierta confrontación contra el régimen, afirmaban que era manipulado por sectores conservadores de la Iglesia y los grupos económicos.

Y ante este tipo de actitudes, ni antes ni ahora, existen vacunas para evitarlo, y nadie está libre de contagiarse, ni siquiera dignatarios eclesiásticos.

Además de la falta de justificación para estas afirmaciones, está claramente demostrado que Mons. Romero no era un “oligarca”, su familia provenía de la clase media-baja de El Salvador y vivían austeramente. Hay quienes afirman que tanto en el Seminario como en su actividad parroquial, había encontrado algunas resistencias por su comportamiento algo conservador.

El asesinato del Padre Rutilio Grande, otro martir, lo sacudió profundamente.

La frase “no podemos callar”, me la repitió varias veces durante mi visita, y en ningún momento me pareció una persona que podía ser manipulada.

El gran secreto de un cristiano que se precie como tal, es el “encuentro con el Señor”.

En algún momento de nuestra vida lo descubrimos, lo encontramos. Él siempre está frente a nosotros, se nos manifiesta de miles maneras, se personifica en muchas de las personas que nos rodean.

Somos libres de buscarlo, de descubrirlo, de encontrarlo y especialmente, de asumirlo.

Desde ese momento, somos naturalmente “signos de contradicción”.

De la misma forma que rechazo a considerar que Latinoamérica es un continente con mayoría de cristianos (otra cosa es que haya una mayoría de bautizados), y que con pesar conozco a muchos autoproclamados cristianos y hasta dignatarios eclesiásticos que parecería que aún no se han encontrado con el Señor, estoy convencido que en Rutilio Grande, Oscar Romero encontró al Señor, se convirtió en un “signo de contradicción”, y lo fue como el Señor, totalmente y hasta su martirio.

Hoy rememoramos el martirio de un hombre, un pastor, que consciente del riesgo que corría, no tuvo temor en decir y hacer lo que debía.

Mi mejor recuerdo y homenaje es que en nuestro lugar y en nuestro momento, yo le pido al Señor, la gracia de poder hacer lo que él hizo, no para que nos alaben hoy o en la distancia, sino como coherencia de un compromiso asumido por amor a nuestro pueblo, como él lo hizo con el pueblo que el Señor le había confiado.

Estoy seguro que hoy nos acompaña y nos anima, para que su ejemplo sirva de especial referencia a nuestro compromiso, ante la realidad que debemos asumir, o que ya estamos asumiendo.

Muchas Gracias.

* Ponencia en la Conferencia del C.O.R. (Lima-Perú), con ocasión del 30º Aniversario del martirio de Mons. Oscar Arnulfo Romero.

(1) Uruguayo, viudo con 5 hijos (uno de ellos sacerdote), fue dirigente de la Central Latinoamericana de Trabajadores (CLAT) de 1977 al 2004, Director General de la Fundación ILACDE, Miembro del Consejo Directivo de la UTAL (Universidad de los Trabajadores de América Latina) y Presidente de la CLADEHLT. Fué ponente en el Sínodo de los Obispos sobre la Misión del Laicado en el Mundo del Trabajo, y en el Acto Central por el Centenario de la Encíclica Rerum Novarum (Vaticano). Es Director General del CELADIC (Centro Latinoamericano para el Desarrollo, la Integración y Cooperación), Asesor del CELAM (Consejo Episcopal Latinoamericano) y miembro del Observatorio Pastoral del CELAM.