Antonio Montesinos
El auge de las tecnologías de la información ha traído nuevos aires al aburrido panorama mediático de este siglo.
La forma en que los medios de comunicación tradicionales gestionan la información rozan lo tiránico: unos pocos deciden la información que van a consumir millones de personas que ni siquiera tienen derecho a réplica. La unidireccionalidad de estos medios dirige el mango de la sartén hacia un lado, el lado de los propietarios de las cadenas de tv, radio y prensa, magnates inmersos en un mercado altamente competitivo, con intereses políticos y económicos de altos niveles y con un arma muy peligrosa en sus manos para defenderlos.
Pero desde hace unos años, esta situación de indefensión del usuario medio, del ciudadano devorador de información se ha visto mermada con la aparición de las grandes redes informáticas, especialmente Internet. La red de redes es la gran alternativa a la dictadura de los grandes medios. En Internet la información se mueve en dos sentidos: hacia el usuario y desde el usuario, cualquier persona puede emitir y recibir; su audiencia potencial es el conjunto total de personas conectadas; abarca todos los continentes; emplea texto, imágenes y sonido; es inmediata; la información se puede elaborar, guardar y reenviar al momento a cualquier sitio y el conjunto total de la red no tiene dueño. Se acabó el tragarse pasivamente ingentes cantidades de información parida siempre por las mismas personas con las mismas intenciones. En Internet no es la información la que llega al usuario sino al revés. Todos deciden, todos opinan y todos participan por igual del tráfico de datos. La alternativa está ahí y es real, el problema reside en que aún no está disponible en muchos países, sólo los más desarrollados capitalizan el 90% de su uso.
Si los mercados bursátiles empiezan a mostrar interés por estas tecnologías parece que está justificado hablar de revolución. Revolución que empieza a ser tal que en los mercados del compra-venta las empresas de telecomunicaciones están alcanzando cotizaciones de vértigo. Las grandes cadenas de TV se alían unas con otras, las compañías de teléfono han puesto su mirada en nuevos mercados comprando empresas en países en desarrollo e intentando captar mercado para el futuro, los primeros grandes negocios en Internet están creando millonarios a nivel planetario, incluso se habla de "infonomía", la economía de la información... El asunto no es baladí.
Y aunque todo esté sustentado por la economía, que al fin y a la postre es la que hace mover este entramado, hay factores muy importantes en juego y que pueden determinar de una manera u otra parte de nuestro futuro como especie. Se trata de la información. La información no tiene fronteras dentro de Internet. Las posibilidades de comunicación, formación y aprendizaje han dado un salto cualitativo muy importante gracias a estas tecnologías. Pero como el papel de la economía es esencial y con lo único que se puede comerciar dentro de Internet es con la información, esta se está convirtiendo en la mercancía del nuevo milenio y como mercancía se le trata como a cualquier otro bien material, siendo en realidad muy diferente. La información no es algo que se pueda vender por kilos, hectáreas o metros cúbicos. Aparte de su precio, fijado según parámetros mercantilistas, esta tiene un VALOR. Valor intrínseco según su contenido y que es de vital importancia para el desarrollo humano. Si la economía tradicional ha puesto precio a elementos tan importantes para nuestra subsistencia como son los alimentos, el agua, las medicinas o las materias primas de uso común, ahora llega la hora de tasar algo que es igualmente necesario: la información que cada uno de nosotros ha de destilar en conocimiento. Si la economía del siglo XX no ha conseguido distribuir equitativamente los recursos básicos en todo el planeta, existiendo grandes bolsas de pobreza y miseria que ni siquiera tienen acceso a ellos, ¿qué ocurrirá con esta nueva mercancía que cada vez adquiere más valor? Hay sustanciales diferencias que vamos a analizar.
En principio está claro que como especie nuestro principal cometido es garantizar unas condiciones de vida óptimas para toda la raza humana, donde el acceso a las necesidades básicas esté garantizado, cosa que todavía no ha conseguido el sistema capitalista. Más aún, lo que está logrando es agrandar la brecha entre ricos y pobres. La sequía y la falta de recursos están haciendo estragos en muchas partes del planeta y el transporte de estos recursos a aquellos sitios o la creacion de las infraestructuras necesarias resulta cara e interesa poco a los países más ricos. Por desgracia el panorama no es muy alentador. Ante esta perspectiva el primer mundo se conforma con seguir avanzando y desarrollándose a pesar de que la mayor parte del planeta se encuentre en condiciones lamentables. Pero aparte de esta situación de emergencia, lo que sí es cierto es que para un desarrollo integral de las personas, de los individuos que poblamos el mundo, cuando las necesidades físicas básicas están cubiertas, se hace urgente una atención a las necesidades emocionales e intelectuales.
La formación, educación y la cultura son el siguiente e ineludible requisito que necesita una sociedad para avanzar en armonía. Una vez que las necesidades básicas están colmadas hay que satisfacer las necesidades de conocimiento para crear personas conocedoras de sí mismas y su entorno y que sepan aprovechar lo que tienen a su mano para beneficio no sólo de ellos o su comunidad sino del resto de la especie. En este asunto sí tienen mucho que decir las nuevas tecnologías de la información.
Si llevar agua o alimentos a zonas desprovistas de ellos es una tarea difícil y costosa, gracias a los satélites y redes de datos llevar información de una parte a otra del planeta se está convirtiendo en algo cada vez más sencillo. Las necesidades de información y conocimiento de, al menos una parte del mundo, empiezan poco a poco a garantizarse. Cada día cada vez más personas tienen la posibilidad de acceder desde su casa a grandes cantidades de información y de aportar su contribución al enorme cúmulo de conocimientos mundial que está suponiendo Internet. Si la mayor parte de la información que nos llega es vía medios de comunicación, con todo lo que ello supone, hoy al menos existe la posibilidad de ser nosotros los que elijamos las información que queramos e incluso de eleborarla. Y en cuanto los países en vías de desarrollo avancen y se creen las infraestructuras mínimas, estos también estarán en disposición de hacerlo. Pero si, como decíamos antes, el acceso a los recursos físicos básicos (agua, alimentos y medicamentos) no es equitativo y el mismo hombre tiene gran culpa de ello, ¿qué ocurrirá con el acceso a la información? ¿pasará lo mismo? ¿cuáles son los principales enemigos que tiene el libre acceso a la información? Vamos por partes:
1.- Las grandes compañías de telecomunicaciones
Aún dentro de las sociedades económicamente desarrolladas, el acceso a Internet es inviable para un gran número de usuarios debido a los costes de conexión, que en muchos casos son prohibitivos (en España la compañía Telefónica triplicó el precio de coste por hora de conexión en el verano de 1998). En los países en vías de desarrollo estas tarifas pueden llegar a ser mucho mayores. Estos costes para el usuario están suponiendo una fuente de ingresos muy interesante para estas grandes compañías que no paran de crecer y hacerse con las principales líneas de interconexión de Internet, algo que no favorece el sistema de trabajo y gestión descentralizado que caracteriza a la red. Quien gestiona las carreteras gestiona los coches que circulan por ella.
2.- Los intereses gubernamentales
La expansión de un medio de comunicación tan anárquico, libre e incontrolable como Internet choca frontalmente con las intenciones de control de los estados. De hecho, en China y algunos países islámicos el acceso a Internet está fuertemente restringido. Quitando a los muchos políticos que aún no se han enterado, los que ya conocen de los peligros de la red no tienen de momento otra alternativa que rendirse, al menos hasta que inventen algo.
3.- Los derechos de autor
Asunto de vital importancia. Si bien es cierto que el trabajo intelectual tomado como mercancía hay que protegerlo, también es cierto que ese mismo trabajo tomado como conocimiento hay que promocionarlo. Cualquier esfuerzo por diseminar el conocimiento será poco y siempre serán escasas las iniciativas destinadas a hacer accesible la información a cuanta más gente mejor. Digámoslo claro: el copyright es un asunto puramente mercantil. Todo autor está deseando que su obra sea conocida y llegue al mayor número de usuarios posible, pero lo que no está dispuesto es a que no genere ingresos. Aún teniendo en cuenta esto, aún respetando el trasiego comercial de la información (sean textos, imágenes, sonidos o películas), y las leyes del copyright, se hace necesaria una conciencia CULTURAL que contemple la gratuidad en el uso y copia de documentos para fines no comerciales (uso educativo). El avance que supondría a medio y largo plazo la libre disposición del fondo de conocimientos de la humanidad sin las restricciones del copyright para estos usos sería inaudito en la historia del hombre. Tenemos el soporte (redes informáticas) y las posibilidades de hacerlo, lo único que queda es generar la conciencia de que el conocimento tiene valor aparte de precio. Pero seamos realistas, si no lo hemos conseguido con el agua, los alimentos y las medicinas, difícilmente pasará con la información.
4. La información tomada como mercancía
Al final todo se reduce a esto. Este cuarto punto vale por los tres anteriores y por cualquier otro que se quiera añadir. El verdadero valor de la información no es el económico. La información, el por qué de las cosas, no debe pertenecer a nadie y no debería pesarse en dólares, francos o pesetas. Las ideas simplemente son y lo único que hacen es manifestarse a través de quienes las enuncian. Atribuirles dueño es un error de concepción. Sería más exacto atribuirles descubridores. Si seguimos pensando en términos económicos la historia seguirá repitiéndose una vez más. Da igual lo que tengamos entre manos: comida, libros o, lo que es más triste, personas, aún seguirán teniendo más los mismos de siempre.