viernes, abril 27, 2007

Clima: la hora del ajuste de cuentas

Leonardo Boff
teólogo

Tengo un hermano, Waldemar, más franciscano que yo, que trabaja en medios muy pobres de la Baixada Fluminense, tratando siempre de trasmitir a los más pobres la preocupación ecológica. Hace días escribió un artículo claro y convincente: «la hora del ajuste de cuentas». Lo resumo porque podría sernos de ayuda.

«Dicen algunos, sobre todo en los países más ricos y que más contaminan, que la tecnología va a resolver el problema del calentamiento global. Así van a poder continuar gastando y viviendo despreocupadamente, como los impíos en tiempos de Noé.


Otros, más sensibles, hablan de cambios de actitud y se preocupan por los países pobres, que son, en principio, los más vulnerables. La solución sería disminuir el crecimiento de los ricos e impulsar el desarrollo de los pobres para llegar a un punto común sostenible. Pero, ¿quién cree en eso? ¿No es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el reino de la razón?


Los proyectos desarrollistas tipo Alianza para el Progreso, a pesar de la buena voluntad, no han impedido la concentración de la riqueza y la agudización de la pobreza.


Pero había gente más reflexiva que veía en la ayuda al desarrollo solamente una pequeña restitución de lo mucho que se había arrebatado a los países pobres, y creía que estos programas deberían de ser movidos por el espíritu de corresponsabilidad con el bienestar colectivo de la familia humana. No era mucha gente, y a lo largo del tiempo fueron derrotados por la realidad de los hechos.


Lo que más se oye hoy en día es que los ricos, que son los que más han contribuido al calentamiento global, se protegerán de alguna forma, mientras que los pobres, que son los que menos gases de efecto invernadero han emitido, serán los más vulnerables y, en consecuencia, sufrirán más, acumulando dolor sobre dolor. Poco se oye hablar, en la mayoría de los discursos, sobre responsabilidad colectiva, pues, al final, como siempre, los ricos acabarán llevándose la mejor parte, y los pobres la peor. Los discursos éticos parecerían estar fuera de lugar en medio de los discursos científicos. Pero nosotros no podemos dejar que sea ignorada la cuestión de la justicia, pues es uno de los temas centrales de los profetas y del Evangelio.


Pienso en el diluvio devastador que sobrevino por causa de las iniquidades humanas. Me acuerdo de que Sodoma y Gomorra fueron devoradas por el fuego y el azufre. Recuerdo las plagas de Egipto, ocasionadas por la brutalidad del faraón contra los judíos esclavizados. Recuerdo las bendiciones y maldiciones que acompañan la observación o no de las leyes grabadas en piedra. Recuerdo finalmente al Nazareno camino del Calvario: “llorad por vuestros hijos”. No consigo imaginar el mismo destino para los idólatras del becerro de oro y para los adoradores del Dios vivo, para los científicos engreídos y para los humildes condenados al analfabetismo, para los banqueros sin escrúpulos y para las viudas con mísera pensión, para los epulones de banquetes interminables y para los lázaros llagados a las puertas de la abundancia.


¿No serán los cambios climáticos el látigo de Dios, que restablecerá la justicia, aunque sea temporalmente? Lo que no se quiso hacer mediante la razón y el amor, será hecho, con gran sufrimiento para todos, a través de las grandes y eternas leyes naturales. Mal consigo apartar la mirada del día del ajuste de cuentas, del día del juicio. Si sucederá en esta generación o en las venideras, no lo sé, sólo Dios lo sabe. Pero así no es posible continuar. El planeta está sufriendo y clama por un nuevo equilibrio y por un poco de paz».

viernes, abril 13, 2007

Riesgos de una infancia enganchada

José A. Fernández Carrasco
periodista
CCS, España

Los niños están delante de una pantalla más horas que en la escuela o con sus amigos. Una imagen se repetía en las largas caravanas de Semana Santa en las carreteras españolas: los más pequeños, sentados en los asientos traseros de los coches, veían películas en DVD portátiles en el coche. Antes los niños cantaban canciones con sus padres. Entre canción y canción preguntaban con insistencia “¿Cuánto queda, mamá?”, “¿Falta mucho?”. Ahora tienen una nueva “niñera electrónica”. En casa les espera otra más habitual: el televisor. Un estudio de la revista Biologist afirma que la teleadicción es causa de muchas enfermedades que los niños desarrollan más tarde.

La televisión supuso en el pasado siglo un gran cambio en la vida familiar. Era la nueva ventana a un mundo aún desconocido y la familia se reunía de vez en cuando para disfrutarla. En cambio, hoy no es tanto un motivo de encuentro sino un medio del que se abusa con frecuencia para “pasar el rato”, y los más afectados son los niños. Muchos se sientan enfrente del televisor más de tres e incluso cuatro horas al día. Es un problema que aumenta desde hace años.

Varias enfermedades se han desarrollado entre los niños por causa de la televisión en la última década según The Lancet. Son frecuentes los problemas hormonales, la obesidad y las dificultades para la atención y el aprendizaje. Este hecho guarda mucha relación con la adicción de los niños a la pantalla. “Es el número de horas y la edad a la que se empieza a consumir televisión lo que produce efectos biológicos”, afirma el Doctor Aric Sigman.

Expertos han demostrado que ver la televisión reduce la producción de melatonina, una hormona clave, y más aún para los niños, puesto que de ella dependen el sistema inmunológico, el ciclo del sueño y la pubertad.

Otro problema es que cuando un niño está sentado tantas horas delante de un televisor olvida otras actividades mucho más sanas. La infancia debería ser sobre todo aprendizaje y diversión: jugar con los amigos, hacer deportes, ir a un parque con sus padres,... Sin embargo, la teleadicción desemboca en el sedentarismo. Además, también cambia la dieta. La publicidad, a la que el televisor les expone, refuerza sus vicios. Una tercera parte de los anuncios emitidos en horario infantil son de alimentos. De ellos, la mayoría les hablan de las “chucherías” que más tarde pedirán a sus padres.

No obstante, el mayor problema reside en la actividad intelectual que desarrolla el niño. El consumo televisivo apenas les estimula como podrían hacerlo la lectura, el teatro, la música y los juegos en grupo. El niño que lee, aprende actividades musicales y participa en deportes de equipo puede imaginar y pensar con mayor libertad, aprender los valores del compañerismo y apartarse de otro gran problema: la violencia. Como advierte el pensador José Antonio Marina, “estos aparatos crean adicción, y todo lo que sea adicción está indirectamente relacionado con la violencia porque limita la libertad de decisión del individuo”. Por eso es recomendable que el niño no vea la televisión durante más de una hora al día, aunque se trate de inofensivos dibujos animados.

Muchas veces el niño ve la televisión porque no encuentra una alternativa adecuada, a pesar de que cada día tienen más posibilidades de diversión, muchas de ellas fascinantes. En Dublín, por ejemplo, se encuentra el Ark, un centro cultural dedicado de forma exclusiva a los niños. En Londres pueden acudir a El Unicornio, donde el teatro infantil permite a los niños participar y compartir su imaginación. No obstante, cualquier idea puede ser buena si se desarrolla en grupo o con la familia. Lo importante es que aprendan a compartir.

Un televisor no debería suplantar la vida familiar. Si un objeto surge para llenar un vacío y además pone en riesgo la salud y el futuro de los niños, es necesario que sus padres atiendan esa situación, pues son los responsables. Pueden ver la televisión con ellos y enseñarles a disfrutarla en la proporción adecuada, pero también hacer otras cosas, porque la niñez no son sólo esos píxeles que emite el televisor. Al fin y al cabo, los niños reclaman sólo un poco más de atención, y la merecen toda.