Este catecismo me entristece.
¡Necesitamos volver a leer el Vaticano II!
André Fossion
jesuita y teólogo (1)
Eclesalia.- El concilio Vaticano II no quiso redactar un catecismo ni destinado a los pastores ni para uso de los fieles. Pablo VI, por otra parte, pensaba que el Concilio constituía por sí mismo «el gran catecismo de los tiempos modernos» (2). Y he aquí que hoy emana de Vaticano un pequeño catecismo universal (3).
El documento está construido a base de 600 preguntas y respuestas. Recorriéndolas, me ha entrado un sentimiento de tristeza. Me da la impresión de que cincuenta años de investigaciones exegéticas, de reflexión teológica y de renovación catequética han sido borrados de golpe. Desde las primeras preguntas se observa ya el tono: «¿Puede conocerse a Dios con la sola luz de la razón?» Respuesta: «A partir de la creación, es decir, del mundo y de la persona humana, el hombre, por su sola razón, puede conocer a Dios con certeza como origen y fin del universo, como soberano bien y como verdad y belleza infinita». Así, todos aquellos que dudan que son agnósticos o creen de un modo diferente son tomados por ignorantes o mentirosos. Esta afirmación de certeza en el conocimiento de Dios, ¿no va en contra de la experiencia común y de la crítica moderna de la razón para quien el sentido del mundo no es evidente sino que se presta a múltiples lecturas y al debate?
¿Cómo entender el pecado original? El catecismo habla de la caída de Adán y Eva, nuestros primeros padres, a partir de los cuales el pecado se propagó a toda la humanidad. Como consecuencia del primer pecado, la humanidad, en adelante, se encontraría sometida a la muerte; una muerte a la que Dios nos la había destinado y de la cual la quiere ahora salvar. El catecismo no duda en leer estos relatos de la creación como relatos históricos sin mencionar su género literario, lo que es, sin embargo, elemental para su justa comprensión. Sin embargo, nadie niega que estos relatos, por otra parte tardíos, son simbólicos y no entran en absoluto en competencia con las ciencias paleontológicas. Cargados de experiencia, nos hablan de la condición humana de todos los tiempos. En este sentido, el catecismo hubiera podido beber de las fuentes de la teología contemporánea para expresar de manera pertinente a los ojos de nuestros contemporáneos de qué manera somos solidarios del mal que hacemos o que padecemos y cómo, sin embargo, estamos siempre precedidos por la gracia, mucho más originaria que el pecado, por el amor incondicional de Dios (4). Pero para esto hubiera sido necesario confiar en la inteligencia crítica de cada uno.
Tratándose de la vida de la Iglesia, el catecismo insiste claramente en la autoridad del Magisterio sin subrayar, según en justo equilibrio, el derecho de expresión de los cristianos en virtud de su dignidad bautismal. El Vaticano II no dudaba en hablar explícitamente del derecho de los laicos (5) en relación con la jerarquía. Pero aquí no es el caso. Aquí de lo que se trata estrictamente es de la obligación dominical, pero -cosa extraña- no se menciona en ningún sitio la vida fraterna en comunidad, sobre todo de la parroquia.
Otro ejemplo en otro terreno. Se dice que el divorcio es un pecado grave contrario al sacramento del matrimonio. Esta afirmación es asombrosa y creará turbación en aquellos cristianos que, en conciencia, han pedido la disolución civil de su vínculo matrimonial. El derecho canónico (6) mismo admite la posibilidad de una separación de los esposos en caso de fracaso de su vida conyugal, sobre todo si se trata de proteger a los cónyuges o a sus hijos. El divorcio, ¿no podría, pues, inscribirse en esta lógica de protección social y jurídica de los cónyuges separados o de sus hijos?
Estos pocos ejemplos entre muchos otros son suficientes para mostrar cómo el catecismo ha optado por las posturas más conservadoras e intransigentes. El tono está a la misma altura... Se dirige más a la obediencia que a la inteligencia de la fe. Por eso realmente conseguirá dóciles practicantes, pero incapaces de hacer deseable la fe para aquellos que viven apasionadamente la vida y las causas humanas. Confortará ciertamente al ala más tradicional de la Iglesia, pero desanimará a todos los demás o les dejará indiferentes. Así, en vez de unir, el documento será causa de división. ¿Qué efecto tendrá en los cristianos que quieren crecer en su fe con responsabilidad, inteligencia y generosidad? ¿Cuál será el impacto en los no-creyentes que quieren comprender, buscar y comprometerse? A unos y a otros, en opinión de muchos, el catecismo no les ofrecerá más que la fotografía del modo ya obsoleto de expresar la fe. Al contrario del dinamismo inventivo del Concilio. Esto es lo que me entristece.
Pero, ¿cómo hemos llegado hasta aquí?
El Concilio Vaticano II quiso, no un catecismo, sino un Directorio General de la Catequesis,, es decir un texto orientativo para el contenido, el espíritu y la organización de la catequesis. Este Directorio apareció en 1971. Únicamente fue en 1985 cuando se hicieron oír algunas voces, en el sínodo de los obispos, que deseaban la redacción de un “Compendio de toda la doctrina católica acerca de la fe y la moral que fuese como un punto de referencia para todos los catecismos nacionales” (7). Así, en 1992, aparecía el Catecismo de la Iglesia Católica.
Esta obra monumental de 700 páginas estaba concebida, en principio, para los pastores. Se pensaba que sirviera de referencia para ayudar a las iglesias a redactar documentos catequéticos adaptados a su contexto cultural. A estas Iglesias les tocaba la redacción de catecismos para uso de los fieles, tratando de encarnar la Buena Noticia del Evangelio en las culturas particulares. En 1997 aparecía un nuevo Directorio General de la Catequesis -un documento abierto y bien acogido en general- para orientar y estimular la pastoral catequética en la Iglesia.
Sin embargo, durante el Congreso Catequético Internacional tenido en el Vaticano en octubre de 2002, se hicieron oír en los pasillos algunas voces minoritarias que pedían al Vaticano, en contra de todas sus declaraciones anteriores, que se compusiera un compendio del Catecismo de la Iglesia Católica para un uso inmediato en la catequesis y dirigido a todos los fieles. El Vaticano acogió esta petición como si representara el voto de la asamblea que, sin embargo, no tuvo ocasión para debatir ni pronunciarse sobre este tema. Y hoy aparece el compendio en cuestión, que se presenta como un pequeño catecismo universal, destinado a ser traducido en un número indefinido de lenguas. Este hecho es nuevo. Nunca en la historia de la Iglesia existió un pequeño catecismo universal. El Vaticano a corrido ese riesgo sin el asentimiento de las Iglesias particulares a las que, sin embargo, les corresponde tradicionalmente el derecho de redactar los documentos catequéticos para uso de los fieles. El Vaticano es aquí innovador, pero para la centralización, más aún, para el pensamiento único. Evidentemente, este pequeño catecismo es el fruto de una serie de empujones, ya que no de abuso de poder de la tendencia conservadora de la Iglesia.
¿Qué acogida tendrá? ¿Qué dirán los teólogos cuando lo analicen? ¿Qué postura tomarán las Conferencias episcopales que no solicitaron ningún pequeño catecismo universal y que se encuentran ahora con este estorbo(8)? El futuro nos lo dirá.
El Concilio Vaticano II subrayaba que todo cristiano, en virtud de su dignidad bautismal, “tiene el derecho y, en algún caso, la obligación de manifestar su parecer sobre aquellas cosas que dicen relación al bien de la Iglesia” (9) . Eso es lo que he tratado de hacer aquí. Junto con otros, así lo espero. Los cristianos de hoy en día están suficientemente maduros para ejercer este derecho y este deber de libre expresión. El pequeño catecismo universal que acaba de aparecer tendrá tal vez esta utilidad: ofrecer la ocasión de promover en las iglesias la cultura del debate. La esperanza habrá triunfado entonces sobre los lamentos.
*Traducción de artículo "600 questions, 600 réponses" publicado en La Libre Belgique el pasado 13 de septiembre de 2005. Versión original en http://www.lalibre.be/article.phtml?id=11&subid=118&art_id=239237
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(1) André Fossion es autor de Volver a empezar. Veinte caminos para volver a la fe, Sal Terrae, Santander 2005.
(2) Según el testimonio del mismo Juan Pablo II, en su exhortación Catechesi Tradendae, 2, 1979.
(3) Catecismo de la Iglesia Católica. Compendio.
(4) Sobre este tema véase Cristophe BOUREUX y Cristophe THEOBALD, Le péché originel. Heurs et malheurs d’un dogme, Bayard, Concilium, Paris, 2005. - M. SALOMARD, «Le mal: Dieu responsable et innocent», en Nouvelle Revue Théologique, julio-septiembre 2005, pp. 373-388
(5) Lumen Gentium, 37
(6) Cf. Cánones 1151-1155
(7) Relación final del Sínodo de los obispos de 1985, II, B, a, 4.
(8) Recordemos que, en este sentido, los obispos de Bélgica han publicado lo que puede considerarse, de hecho, como un catecismo nacional destinado a los fieles: El libro de la fe, Desclée, 1987.
(9) Lumen Gentium 37
jueves, septiembre 29, 2005
jueves, septiembre 22, 2005
Beslán: un año después el misterio se aclara
Thierry Meyssan
Periodista y escritor
Red Voltaire
No es prudente considerar la actualidad internacional sin tener en cuenta las realidades estratégicas. Durante la toma de rehenes del 3 de septiembre de 2004 en Beslán, Rusia, que terminó con la muerte de 186 niños, los repetidores mediáticos dominantes se distanciaron del horror afirmando que apoyaban a los «chechenos moderados» de Aslan Maskhadov, quien contaba entonces con el apoyo de Londres y Washington. Sin embargo, un año más tarde, Shamil Basáyev, organizador de la operación concebida para provocar una carnicería, acaba de ser proclamado viceprimer ministro del gobierno en el exilio. Con el tiempo, se comprueba una vez más que la emoción inmediata sirve a intereses más complejos: los recursos del Mar Caspio.
Hace exactamente un año, el 1º de septiembre de 2004, un grupo de hombres armados irrumpía en una escuela de Beslán (Osetia del Norte) y tomaba niños, padres y profesores como rehenes. Al cabo de tres días de crisis, de una serie de explosiones y el asalto de las fuerzas del orden, 376 personas encontraron la muerte, entre ellas 172 niños.
La acción fue reivindicada por Shamil Basáyev, un jefe militar checheno. Extrañamente, la prensa occidental, lejos de expresar la menor compasión por los rusos, arremetió con saña contra el presidente Putin, acusado de ser responsable de la carnicería por mantener una atroz guerra colonial en Chechenia y a la vez por haber organizado un asalto a ciegas.
Algunos autores fueron más lejos, acusando a Vladimir Putin de haber provocado deliberadamente el baño de sangre para justificar nuevas medidas autoritarias [1].
Por su lado, el Kremlin respondió afirmando que la toma de rehenes no tenía relación con el conflicto checheno, el cual estaría en vías de normalización, sino que demostraba que Rusia era blanco del terrorismo internacional. Esta versión fue rápidamente modificada cuando expertos rusos dejaron entrever que la operación habría sido preparada en realidad por los servicios británicos para debilitar a Rusia [2].
Un año después ¿qué sabemos de aquel drama, de los objetivos políticos de sus protagonistas y de sus consecuencias?
El drama checheno
Para dar respuesta a estas preguntas, es necesario reconstruir primero el contexto de los hechos. Chechenia es un Estado miembro de la Federación Rusa que vivió dos guerras sucesivas en un decenio y sigue inmersa en el caos [3]. Para quienes tienen una visión étnica de Rusia, blanca y ortodoxa, el asunto es un caso de guerra colonial clásica. Por el contrario, para quienes tienen una definición euroasiática de la Federación, el problema actual es consecuencia del derrumbe del Estado en el periodo 1991-1999, durante el cual el presidente Yeltsin vaciló entre la guerra contra su propia población y la independencia de facto. El vacío de poder fue aprovechado a la vez por las bandas armadas y los predicadores islamistas según un esquema comparable al que conoció Afganistán durante la misma época.
Ambos puntos de vista pueden sostenerse por igual, pero es importante entender bien las ideologías que les sirven de base. La visión étnica es la que defienden la extrema derecha, en Rusia y en la misma Chechenia, y, en Occidente, los partidarios del «choque de civilizaciones». La visión euroasiática es la que promueve el presidente Putin, quien no deja pasar ninguna ocasión de celebrar el aporte musulmán a la edificación de Rusia [4].
El análisis histórico da la razón a los partidarios de la visión euroasiática, como ha señalado el profesor Francisco Veiga de la universidad de Barcelona [5], quien no desecha sin embargo el punto de vista étnico, que puede constituir un proyecto político.
Como quiera que sea, la cuestión chechena es también, y quizás sobre todo, una cuestión estratégica internacional: a través de ese Estado pasa una red de oleoductos indispensable para la explotación rusa del petróleo del Mar Caspio. Por consiguiente, los rivales y adversarios de Rusia, especialmente Estados Unidos, están interesados en que el conflicto perdure y que se extienda incluso a todo el Cáucaso [6]. Los esfuerzos que este último país despliega en la región son visibles. Ha instalado a sus servidores en Georgia, cuyo ejército controlan, y controlan el espacio aéreo desde su base de Incirlik, en Turquía [7]. En respuesta, los rusos apoyan por debajo del tapete, en Georgia, a los separatistas de Osetia del Sur [8].
Las elecciones de agosto de 2004
El proceso político en marcha permite a la Federación Rusa organizar elecciones en Chechenia, el 29 de agosto de 2004. Los observadores internacionales atestiguan unánimemente, incluso los de la Liga Árabe, la limpieza del escrutinio mientras que, fiel a sí misma, la prensa occidental persiste en denunciar una farsa organizada por el aprendiz de dictador Putin.
El llamado de los independentistas a boicotear el escrutinio obtiene poco resultado y el promedio de participación alcanza el 79%. El general Alkanov, candidato favorable a la Federación, gana la elección sin dificultad. Mala perdedora, la prensa occidental ve en ese resultado la prueba de una manipulación. Dos días después, el presidente francés, Jacques Chirac, y el canciller alemán, Gerhard Schroder, quienes tienen una visión muy diferente, viajan a Sochi para felicitar al presidente Putin por haber logrado restablecer las instituciones democráticas en Chechenia.
Sin embargo, los partidarios del caos no habían escatimado esfuerzos para hacer fracasar el proceso político: el 24 de agosto, un Tupolev 154 de la línea Moscú-Sochi y un Tupolev 134 de la línea Moscú-Volgogrado explotan en pleno vuelo provocando la muerte de 90 personas. Después de haber evocado la posibilidad de accidentes, las autoridades rusas admiten que ambos aviones han sido blancos de atentados. Las Brigadas Al-Islambuli (Kata’ib al-Islambuli) [9] se atribuyen la acción. El 31 de agosto la misma organización hace estallar una bomba en Moscú, frente a la estación Rizhskaya del metro moscovita, provocando 10 muertos y unos 50 heridos. Pero, lo más terrible está por suceder.
La masacre de Beslán
El 1º de septiembre, 32 hombres y mujeres armados penetran en la escuela de Beslán (Osetia del Norte, Federación Rusa) durante la celebración de la «Jornada del Saber». Reúnen 1 300 rehenes entre alumnos, padres de alumnos y personal de la escuela, y los concentran en el gimnasio del establecimiento, en el cual siembran gran cantidad de explosivos.
Las fuerzas de seguridad rodean la escuela mientras que el doctor Leonid Roshal (quien había desempeñado ya el papel de negociador durante la crisis de los rehenes del teatro de Moscú) llega para parlamentar. Sin embargo, los secuestradores no plantean demanda alguna, se niegan a dar de comer y beber a los rehenes, y matan a 20 de ellos cada vez que un miembro del comando es herido por las fuerzas de seguridad.
Mientras tanto, el Kremlin, que no cree que el asunto esté vinculado a la causa chechena sino que ha sido preparado por una potencia extranjera, plantea la cuestión al Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Éste rehúsa debatir un proyecto de resolución y se limita a un comunicado de condena de la toma de rehenes y de los atentados contra los aviones en el que exhorta a la comunidad internacional a cooperar con las autoridades rusas para detener y juzgar a los culpables [10].
Al día siguiente, el ex presidente de Inguchetia, Ruslan Aushev, trata a su vez de servir de mediador y obtiene la liberación de algunos rehenes. Los niños siguen sin agua ni comida y se ven obligados a beber su propia orina para sobrevivir. Los secuestradores se muestran particularmente insensibles y sarcásticos. El jefe del comando declara que actúa por orden del jefe militar Shamil Basáyev, sin formular exigencia alguna. Su juego consiste en dejar que la situación se deteriore mientras que los medios de difusión afluyen a la pequeña ciudad. Inesperadamente, el jefe del comando exige la presencia de varias personalidades y declara que no dará de beber a los niños hasta que el presidente Putin anuncie por televisión la independencia de Chechenia.
Al tercer día, el comando de secuestradores autoriza a los servicios médicos a evacuar los cadáveres de 21 rehenes que empiezan a descomponerse debido al calor y la humedad. Se oye entonces una explosión sin que se sepa si se trata de un disparo hecho por el padre de algún alumno desde el exterior de la escuela o, lo que parece más probable, el estallido accidental de una de las bombas. La explosión desencadena un tiroteo generalizado en medio del cual las fuerzas del orden se lanzan al asalto. Los disparos y las bombas causaron 376 muertos, entre ellos 11 soldados rusos y 32 secuestradores.
Sólo un secuestrador sobrevivirá y será juzgado. Las autopsias revelarán que 22 de sus compañeros de armas eran toxicómanos que murieron en estado de stress debido a la falta de la droga. La identificación de los atacantes sigue siendo incierta.
Algunos apuntes
Para la realización del ataque de Beslán, Shamil Basáyev no pudo contar con sus fuerzas militantes. Tuvo que recurrir a toxicómanos, pagados en droga y comandados por varios combatientes aguerridos. Basáyev no goza de legitimidad alguna en Chechenia y no tiene partidarios. Es un jefe militar que tuvo una carrera de mercenario en diferentes conflictos antes de tratar inútilmente de entrar en la política en Chechenia y volver, finalmente, a la acción armada.
La operación estaba concebida para que se terminara en una matanza. El comando había emplazado bombas en el gimnasio pegándolas a los techos con esparadrapo, sistema tan precario que uno se pregunta cómo pudo aguantar tres días. Al parecer, la dirección militar del grupo había decidido huir sacrificando al resto de sus compañeros, pero se vio sorprendida cuando los hechos se precipitaron.
El comando no formuló demanda alguna antes del final del segundo día, o sea, antes de la llegada de los periodistas extranjeros, y la exigencia que planteó era irrealista así como puramente formal. El objetivo era, por consiguiente, crear una situación de crisis, en vez de negociar nada.
La toma de rehenes tuvo lugar tres días después de la elección presidencial en Chechenia y horas después del final de la cumbre ruso-germano-francesa de Sochi, que saludó la normalización política en Chechenia. Su objetivo fue detener el proceso político y el reconocimiento internacional de la acción de Vladimir Putin por el establecimiento de la democracia.
Caen las máscaras
Al aproximarse el primer aniversario de la masacre de Beslán, Shamil Basáyev, objeto de una orden internacional de arresto, dio una entrevista a una cadena estadounidense de televisión. Después, fue nombrado viceprimer ministro del gobierno checheno en el exilio en Washington y Londres, aunque ese mismo gobierno había condenado oficialmente la operación de Beslán.
Ese gobierno checheno en el exilio dispone del apoyo del American Committee for Peace in Chechnya, que dirige el ex consejero de Seguridad Nacional Zbigniew Brzezinski, con sede en los locales de la Freedom House [11], dirigida a su vez por el ex director de la CIA James Woolsey.
Shamil Basáyev dice tener vínculos recientes con Osama Bin Laden, a quien Estados Unidos pretende estar buscando actualmente en vano.
Zbigniew Brzezinski es conocido como el funcionario estadounidense que reclutó personalmente a Osama Bin Laden y por haberle confiado la organización de atentados en Afganistán con el objetivo de provocar la intervención soviética. En diversas obras y conferencias, Brzezinski no ha cesado de predicar el desmantelamiento no sólo de la URSS sino de la Federación Rusa y de aportar su apoyo a todos los movimientos separatistas con tal de que sean antirrusos.
Lo que se puede sacar en conclusión
La operación de Beslán no fue perpetrada por militantes sino por mercenarios. Su objetivo no fue, por consiguiente, la defensa de una causa, ya fuera la independencia de Chechenia o la instauración de un califato. Es parte del «gran juego» en el que las grandes potencias se disputan el control del Cáucaso y de los recursos del Mar Caspio. Su organizador, Shamil Basáyev, es hoy viceprimer ministro de un gobierno en el exilio que tiene contactos en Washington y Londres. Este último dispone de toda la ayuda logística necesaria que provee el gobierno de Estados Unidos mediante instituciones conocidas por sus vínculos con la CIA.
Notas:
[1] Así lo hizo el estudio «Beslan – The Political Fallout», redactado por el Dr. Mark A. Smith para la Academia Británica de Defensa.
[2] «La responsabilité anglo-saxonne à Beslán» por Marivilia Carrasco y la redacción de la Red Voltaire, Voltaire, 27 de septiembre de 2004.
[3] El lector puede remitirse a la investigación en tres partes de Paul Labarique: La primera guerra de Chechenia, Business et terrorisme à Moscou y Le domino tchétchène, Voltaire 4, 7 y 11 de mayo de 2004.
[4] «La Russie musulmane» por Akhmet Yarlykapov, Voltaire, 28 de junio de 2005.
[5] «El Agujero negro de Chechenia» por Francisco Veiga, El Periodico, 6 de septiembre de 2004.
[6] «La stratégie anti-russe de Zbignew Brzezinki» por Arthur Lepic, Voltaire, 22 de octubre de 2004.
[7] «Les dessous du coup d’État en Géorgie» por Paul Labarique, Voltaire, 7 de enero de 2004.
[8] «Coups de maîtres sur l’échiquier géorgien», Voltaire, 19 de marzo de 2004.
[9] El nombre de esa organización hace referencia al teniente Khaled Al-Islambuli quien organizó el asesinato del presidente egipcio Anwar el-Sadat, el 6 de octubre de 1981.
[10] Referencia ONU: S/PRST/2004/31.
[11] «Freedom House: quand la liberté n’est qu’un slogan», Voltaire, 7 de septiembre de 2004.
Periodista y escritor
Red Voltaire
No es prudente considerar la actualidad internacional sin tener en cuenta las realidades estratégicas. Durante la toma de rehenes del 3 de septiembre de 2004 en Beslán, Rusia, que terminó con la muerte de 186 niños, los repetidores mediáticos dominantes se distanciaron del horror afirmando que apoyaban a los «chechenos moderados» de Aslan Maskhadov, quien contaba entonces con el apoyo de Londres y Washington. Sin embargo, un año más tarde, Shamil Basáyev, organizador de la operación concebida para provocar una carnicería, acaba de ser proclamado viceprimer ministro del gobierno en el exilio. Con el tiempo, se comprueba una vez más que la emoción inmediata sirve a intereses más complejos: los recursos del Mar Caspio.
Hace exactamente un año, el 1º de septiembre de 2004, un grupo de hombres armados irrumpía en una escuela de Beslán (Osetia del Norte) y tomaba niños, padres y profesores como rehenes. Al cabo de tres días de crisis, de una serie de explosiones y el asalto de las fuerzas del orden, 376 personas encontraron la muerte, entre ellas 172 niños.
La acción fue reivindicada por Shamil Basáyev, un jefe militar checheno. Extrañamente, la prensa occidental, lejos de expresar la menor compasión por los rusos, arremetió con saña contra el presidente Putin, acusado de ser responsable de la carnicería por mantener una atroz guerra colonial en Chechenia y a la vez por haber organizado un asalto a ciegas.
Algunos autores fueron más lejos, acusando a Vladimir Putin de haber provocado deliberadamente el baño de sangre para justificar nuevas medidas autoritarias [1].
Por su lado, el Kremlin respondió afirmando que la toma de rehenes no tenía relación con el conflicto checheno, el cual estaría en vías de normalización, sino que demostraba que Rusia era blanco del terrorismo internacional. Esta versión fue rápidamente modificada cuando expertos rusos dejaron entrever que la operación habría sido preparada en realidad por los servicios británicos para debilitar a Rusia [2].
Un año después ¿qué sabemos de aquel drama, de los objetivos políticos de sus protagonistas y de sus consecuencias?
El drama checheno
Para dar respuesta a estas preguntas, es necesario reconstruir primero el contexto de los hechos. Chechenia es un Estado miembro de la Federación Rusa que vivió dos guerras sucesivas en un decenio y sigue inmersa en el caos [3]. Para quienes tienen una visión étnica de Rusia, blanca y ortodoxa, el asunto es un caso de guerra colonial clásica. Por el contrario, para quienes tienen una definición euroasiática de la Federación, el problema actual es consecuencia del derrumbe del Estado en el periodo 1991-1999, durante el cual el presidente Yeltsin vaciló entre la guerra contra su propia población y la independencia de facto. El vacío de poder fue aprovechado a la vez por las bandas armadas y los predicadores islamistas según un esquema comparable al que conoció Afganistán durante la misma época.
Ambos puntos de vista pueden sostenerse por igual, pero es importante entender bien las ideologías que les sirven de base. La visión étnica es la que defienden la extrema derecha, en Rusia y en la misma Chechenia, y, en Occidente, los partidarios del «choque de civilizaciones». La visión euroasiática es la que promueve el presidente Putin, quien no deja pasar ninguna ocasión de celebrar el aporte musulmán a la edificación de Rusia [4].
El análisis histórico da la razón a los partidarios de la visión euroasiática, como ha señalado el profesor Francisco Veiga de la universidad de Barcelona [5], quien no desecha sin embargo el punto de vista étnico, que puede constituir un proyecto político.
Como quiera que sea, la cuestión chechena es también, y quizás sobre todo, una cuestión estratégica internacional: a través de ese Estado pasa una red de oleoductos indispensable para la explotación rusa del petróleo del Mar Caspio. Por consiguiente, los rivales y adversarios de Rusia, especialmente Estados Unidos, están interesados en que el conflicto perdure y que se extienda incluso a todo el Cáucaso [6]. Los esfuerzos que este último país despliega en la región son visibles. Ha instalado a sus servidores en Georgia, cuyo ejército controlan, y controlan el espacio aéreo desde su base de Incirlik, en Turquía [7]. En respuesta, los rusos apoyan por debajo del tapete, en Georgia, a los separatistas de Osetia del Sur [8].
Las elecciones de agosto de 2004
El proceso político en marcha permite a la Federación Rusa organizar elecciones en Chechenia, el 29 de agosto de 2004. Los observadores internacionales atestiguan unánimemente, incluso los de la Liga Árabe, la limpieza del escrutinio mientras que, fiel a sí misma, la prensa occidental persiste en denunciar una farsa organizada por el aprendiz de dictador Putin.
El llamado de los independentistas a boicotear el escrutinio obtiene poco resultado y el promedio de participación alcanza el 79%. El general Alkanov, candidato favorable a la Federación, gana la elección sin dificultad. Mala perdedora, la prensa occidental ve en ese resultado la prueba de una manipulación. Dos días después, el presidente francés, Jacques Chirac, y el canciller alemán, Gerhard Schroder, quienes tienen una visión muy diferente, viajan a Sochi para felicitar al presidente Putin por haber logrado restablecer las instituciones democráticas en Chechenia.
Sin embargo, los partidarios del caos no habían escatimado esfuerzos para hacer fracasar el proceso político: el 24 de agosto, un Tupolev 154 de la línea Moscú-Sochi y un Tupolev 134 de la línea Moscú-Volgogrado explotan en pleno vuelo provocando la muerte de 90 personas. Después de haber evocado la posibilidad de accidentes, las autoridades rusas admiten que ambos aviones han sido blancos de atentados. Las Brigadas Al-Islambuli (Kata’ib al-Islambuli) [9] se atribuyen la acción. El 31 de agosto la misma organización hace estallar una bomba en Moscú, frente a la estación Rizhskaya del metro moscovita, provocando 10 muertos y unos 50 heridos. Pero, lo más terrible está por suceder.
La masacre de Beslán
El 1º de septiembre, 32 hombres y mujeres armados penetran en la escuela de Beslán (Osetia del Norte, Federación Rusa) durante la celebración de la «Jornada del Saber». Reúnen 1 300 rehenes entre alumnos, padres de alumnos y personal de la escuela, y los concentran en el gimnasio del establecimiento, en el cual siembran gran cantidad de explosivos.
Las fuerzas de seguridad rodean la escuela mientras que el doctor Leonid Roshal (quien había desempeñado ya el papel de negociador durante la crisis de los rehenes del teatro de Moscú) llega para parlamentar. Sin embargo, los secuestradores no plantean demanda alguna, se niegan a dar de comer y beber a los rehenes, y matan a 20 de ellos cada vez que un miembro del comando es herido por las fuerzas de seguridad.
Mientras tanto, el Kremlin, que no cree que el asunto esté vinculado a la causa chechena sino que ha sido preparado por una potencia extranjera, plantea la cuestión al Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Éste rehúsa debatir un proyecto de resolución y se limita a un comunicado de condena de la toma de rehenes y de los atentados contra los aviones en el que exhorta a la comunidad internacional a cooperar con las autoridades rusas para detener y juzgar a los culpables [10].
Al día siguiente, el ex presidente de Inguchetia, Ruslan Aushev, trata a su vez de servir de mediador y obtiene la liberación de algunos rehenes. Los niños siguen sin agua ni comida y se ven obligados a beber su propia orina para sobrevivir. Los secuestradores se muestran particularmente insensibles y sarcásticos. El jefe del comando declara que actúa por orden del jefe militar Shamil Basáyev, sin formular exigencia alguna. Su juego consiste en dejar que la situación se deteriore mientras que los medios de difusión afluyen a la pequeña ciudad. Inesperadamente, el jefe del comando exige la presencia de varias personalidades y declara que no dará de beber a los niños hasta que el presidente Putin anuncie por televisión la independencia de Chechenia.
Al tercer día, el comando de secuestradores autoriza a los servicios médicos a evacuar los cadáveres de 21 rehenes que empiezan a descomponerse debido al calor y la humedad. Se oye entonces una explosión sin que se sepa si se trata de un disparo hecho por el padre de algún alumno desde el exterior de la escuela o, lo que parece más probable, el estallido accidental de una de las bombas. La explosión desencadena un tiroteo generalizado en medio del cual las fuerzas del orden se lanzan al asalto. Los disparos y las bombas causaron 376 muertos, entre ellos 11 soldados rusos y 32 secuestradores.
Sólo un secuestrador sobrevivirá y será juzgado. Las autopsias revelarán que 22 de sus compañeros de armas eran toxicómanos que murieron en estado de stress debido a la falta de la droga. La identificación de los atacantes sigue siendo incierta.
Algunos apuntes
Para la realización del ataque de Beslán, Shamil Basáyev no pudo contar con sus fuerzas militantes. Tuvo que recurrir a toxicómanos, pagados en droga y comandados por varios combatientes aguerridos. Basáyev no goza de legitimidad alguna en Chechenia y no tiene partidarios. Es un jefe militar que tuvo una carrera de mercenario en diferentes conflictos antes de tratar inútilmente de entrar en la política en Chechenia y volver, finalmente, a la acción armada.
La operación estaba concebida para que se terminara en una matanza. El comando había emplazado bombas en el gimnasio pegándolas a los techos con esparadrapo, sistema tan precario que uno se pregunta cómo pudo aguantar tres días. Al parecer, la dirección militar del grupo había decidido huir sacrificando al resto de sus compañeros, pero se vio sorprendida cuando los hechos se precipitaron.
El comando no formuló demanda alguna antes del final del segundo día, o sea, antes de la llegada de los periodistas extranjeros, y la exigencia que planteó era irrealista así como puramente formal. El objetivo era, por consiguiente, crear una situación de crisis, en vez de negociar nada.
La toma de rehenes tuvo lugar tres días después de la elección presidencial en Chechenia y horas después del final de la cumbre ruso-germano-francesa de Sochi, que saludó la normalización política en Chechenia. Su objetivo fue detener el proceso político y el reconocimiento internacional de la acción de Vladimir Putin por el establecimiento de la democracia.
Caen las máscaras
Al aproximarse el primer aniversario de la masacre de Beslán, Shamil Basáyev, objeto de una orden internacional de arresto, dio una entrevista a una cadena estadounidense de televisión. Después, fue nombrado viceprimer ministro del gobierno checheno en el exilio en Washington y Londres, aunque ese mismo gobierno había condenado oficialmente la operación de Beslán.
Ese gobierno checheno en el exilio dispone del apoyo del American Committee for Peace in Chechnya, que dirige el ex consejero de Seguridad Nacional Zbigniew Brzezinski, con sede en los locales de la Freedom House [11], dirigida a su vez por el ex director de la CIA James Woolsey.
Shamil Basáyev dice tener vínculos recientes con Osama Bin Laden, a quien Estados Unidos pretende estar buscando actualmente en vano.
Zbigniew Brzezinski es conocido como el funcionario estadounidense que reclutó personalmente a Osama Bin Laden y por haberle confiado la organización de atentados en Afganistán con el objetivo de provocar la intervención soviética. En diversas obras y conferencias, Brzezinski no ha cesado de predicar el desmantelamiento no sólo de la URSS sino de la Federación Rusa y de aportar su apoyo a todos los movimientos separatistas con tal de que sean antirrusos.
Lo que se puede sacar en conclusión
La operación de Beslán no fue perpetrada por militantes sino por mercenarios. Su objetivo no fue, por consiguiente, la defensa de una causa, ya fuera la independencia de Chechenia o la instauración de un califato. Es parte del «gran juego» en el que las grandes potencias se disputan el control del Cáucaso y de los recursos del Mar Caspio. Su organizador, Shamil Basáyev, es hoy viceprimer ministro de un gobierno en el exilio que tiene contactos en Washington y Londres. Este último dispone de toda la ayuda logística necesaria que provee el gobierno de Estados Unidos mediante instituciones conocidas por sus vínculos con la CIA.
Notas:
[1] Así lo hizo el estudio «Beslan – The Political Fallout», redactado por el Dr. Mark A. Smith para la Academia Británica de Defensa.
[2] «La responsabilité anglo-saxonne à Beslán» por Marivilia Carrasco y la redacción de la Red Voltaire, Voltaire, 27 de septiembre de 2004.
[3] El lector puede remitirse a la investigación en tres partes de Paul Labarique: La primera guerra de Chechenia, Business et terrorisme à Moscou y Le domino tchétchène, Voltaire 4, 7 y 11 de mayo de 2004.
[4] «La Russie musulmane» por Akhmet Yarlykapov, Voltaire, 28 de junio de 2005.
[5] «El Agujero negro de Chechenia» por Francisco Veiga, El Periodico, 6 de septiembre de 2004.
[6] «La stratégie anti-russe de Zbignew Brzezinki» por Arthur Lepic, Voltaire, 22 de octubre de 2004.
[7] «Les dessous du coup d’État en Géorgie» por Paul Labarique, Voltaire, 7 de enero de 2004.
[8] «Coups de maîtres sur l’échiquier géorgien», Voltaire, 19 de marzo de 2004.
[9] El nombre de esa organización hace referencia al teniente Khaled Al-Islambuli quien organizó el asesinato del presidente egipcio Anwar el-Sadat, el 6 de octubre de 1981.
[10] Referencia ONU: S/PRST/2004/31.
[11] «Freedom House: quand la liberté n’est qu’un slogan», Voltaire, 7 de septiembre de 2004.
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