martes, noviembre 20, 2007

Jesús va en Rolls-Royce a la iglesia del Reverendo Dollar

Jorge Majfud
The University of Georgia


En un movimiento político algo inusual, el senador republicano por Iowa, Charles Grassley, ha iniciado una investigación sobre posibles malas prácticas económicas de los mayores televangelistas de Estados Unidos. De ahí se ha derivado al cuestionamiento sobre una práctica común en la mayoría de los países del continente: las iglesias están eximidas de pagar impuestos, mientras sus líderes, pastores y empresarios se vuelven cada día más ricos. Esta práctica de privilegio para las iglesias se ampara, en Estados Unidos y en América Latina, bajo el aceptado principio de libertad de religión. No está claro, sin embargo, por qué el pago de impuestos por parte de una iglesia podría significar un ataque a la libertad de culto. La prescripción de dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios no corre en estos casos. Ni siquiera cuando el César es el pueblo mismo que debe trabajar para mantener estas fabulosas estructuras lucrativas.

En una reciente entrevista en vivo por CNN (7 de noviembre), Kyra Phillips y Don Lemon cuestionaron a nuestro vecino de College Park de Georgia, el multimillonario reverendo Creflo Dollar, por poseer dos Rolls-Royces, jets privados, casas y apartamentos de varios millones de dólares cada uno además de una iglesia multimillonaria enriquecida por las donaciones de ricos y pobres, muchos de ellos con serias dificultades económicas.

Estos ministerios califican como iglesias y no están obligados a llenar declaraciones de impuestos como sí deben hacerlo otras “non-profit organizations” (organizaciones sin fines de lucro). La tradición de justificar las riquezas materiales mientras se predica el desprendimiento de lo mundano para la salvación del alma es muy antigua. La Iglesia Católica —con excepciones, como los teólogos de la liberación y otros “curas de barrio”— ha sido, desde hace mucho tiempo, especialista en la materia. En el caso de las megaiglesias protestantes, además de una práctica empresarial, la tradición está apoyada por la ética calvinista: la riqueza no es un obstáculo para entrar al Paraíso sino una prueba de las preferencias de Dios que ha resuelto castigar a los pobres por su pobreza. Este aspecto teológico es muy semejante al karma hindú y sus resultados sociales también: la moral de la casta alta es consumida, principalmente, por las castas más bajas. En todo caso, los pobres sirven para que los ricos ejerzan su compasión pagando periódicamente impuestos morales que más tarde servirán para financiar su retiro en el Paraíso.

Uno de los periodistas de Atlanta le recordó al reverendo Dólar la recomendación que hiciera Jesús al joven rico que fue a pedirle consejo, de desprenderse de sus bienes materiales para entrar al Reino de los cielos. Recomendación que terminó con la tristeza del hombre rico y la observación del Maestro sobre la dificultad que podía tener para entrar al Cielo, como la de un camello que quisiera pasar por el ojo de una aguja. No obstante, el reverendo Dólar razonó que si eso fuese exactamente así, ningún rico podría entrar al Paraíso. De este razonamiento se deduce que el Mesías debía estar bromeando o tal vez exageraba un poco. Está bien que el Hijo de Dios haya bajado a la tierra con un montón de utopías subversivas, pero tampoco era para tanto. Con la realidad no se puede.

Citando artículo y versículo correspondiente, el reverendo recordó que, en realidad, Jesús había dicho que por cada cosa que uno se desprenda iba a recibir un premio multiplicado varias veces. Algunos pensamos que Jesús se refería aun premio moral o al Reino de los Cielos; no al Reino del Dinero. Pero siempre es tiempo de aprender. Por esta nueva razón teológica, según el Evangelio del Dinero, la riqueza de un hombre con fe —con fe en el Señor— significa que ha sido premiado por el Cielo por su hábito de desprenderse generosamente de una parte de sus posesiones. No otra es la lógica de la Bolsa de valores: quien invierte, se desprende de algo para multiplicarlo. Ningún empresario razonable espera invertir un dólar en Wall Street, en Amsterdam o en Shanghai y recibir un beso o el ascenso espiritual del que hablaba el Buda. Se espera recibir más de lo mismo: dinero, capitales, beneficios financieros. Aquí, los valores no son valores morales ni un bien es lo que se opone al mal.

En el siglo XVI invertir en indulgencias significaba que por unos cuantos florines de oro un violador podía obtener el perdón del Vaticano y, consecuentemente, el perdón de Dios. Más antiguo, y todavía en curso, es el lavado de la conciencia con el buen uso de la limosna. La institución de la limosna es fundamental, porque el desprendimiento debe ser voluntario y sin comprometer las ganancias. Como dicen muchos conservadores religiosos por televisión, con su eterna ansiedad proselitista, sólo así, por un acto de voluntad, se prueba la bondad del donante. Si la bondad pasa por el Estado, mediante el compulsivo cobro de impuestos a los ricos, esos elegidos de Dios, se comete un sacrilegio. Dios no puede distinguir quiénes pagan impuestos de buena gana y quiénes lo hacen con rencor. Tampoco puede Dios recibir en el Paraíso a toda la Humanidad. Así no se vale. El Paraíso es un resort VIP con acceso limitado, no un derecho democrático. Algunas iglesias, incluso, han definido el número exacto de miembros posibles. Como si en el día de la creación de la Humanidad, Dios se hubiese divertido imaginando un Infierno eterno donde arderían sus pequeñas creaciones, para regocijo de sus pocos preferidos que contemplarían desde las alturas semejante espectáculo de tortura colectiva o, peor, dando vuelta la cara al horrible destino de sus hermanos. No vamos a decir que necesitamos un Dios más humanista, porque se supone que hay Uno solo. No vamos a decirle a Dios lo que tiene que hacer. En todo caso, no haría mal una lectura más humanista de las Sagradas Escrituras para dejar de atribuirle conductas tan sectarias, materialistas y llenas de odio al creador de Todo.

El mexicano José Vasconcelos, fervoroso opositor de la hegemonía norteamericana, recordó en La raza cósmica (1925) una fiesta diplomática en Brasil: “Contrastó visiblemente la pobreza de la recepción americana con el lujo de otras recepciones; pero en honor a la verdad, a mí me parece admirable y digno de imitación el proceder yanqui, pues no tienen los Gobiernos el derecho de hacer derroches con el dinero del pueblo”. Sin embargo, así como Estados Unidos había sido fundado por revolucionarios que se oponían a la tradición monárquica y religiosa de Europa y ahora se identifica con los valores opuestos del conservadurismo ortodoxo, así también el original espíritu “republicano” que fue sinónimo de austeridad y democracia hoy representa la ostentación y el elitismo. Así también el cristianismo primitivo fue todo lo contrario al hoy triunfante cristianismo del emperador (San) Constantino.

Casi al final de la entrevista, el periodista le preguntó si pensaba que Jesús hubiese andado en un Rolls Royce, a lo que el reverendo Dólar contestó, con calma, algo así como: “Pienso que sí. ¿Por qué no? El Señor anduvo en un burro en el que ningún otro hombre antes había andado”.

Dejo al lector que descubra la lógica de este reverendo razonamiento teológico.

lunes, noviembre 19, 2007

Retirada sostenible

Leonardo Boff
teólogo brasileño

A los grandes medios de comunicación les pasó desapercibido el impresionante discurso que el presidente de Bolivia, Evo Morales, pronunció el pasado octubre en las Naciones Unidas. Habló menos como jefe de Estado y más como un líder indígena cuya visión de la Tierra y de los problemas ambientales está en clara confrontación con el sistema mundial imperante. Denuncia sin rodeos: «la enfermedad de la Tierra se llama modelo de desarrollo capitalista», que permite la perversidad de que «tres familias posean ingresos superiores al PIB de los 48 países más pobres», y que hace que «Estados Unidos y Europa consuman en promedio 8,4 veces más que la media mundial». E hizo esta sabia reflexión de graves consecuencias: «ante esta situación, nosotros, los pueblos indígenas y los habitantes humildes y honestos de este Planeta, creemos que ha llegado la hora de hacer un alto para reencontrarnos con nuestras raíces, con el respeto a la Madre Tierra; con la Pachamama, como la llamamos en los Andes».

La alarma ecológica provocada por el calentamiento global ya iniciado debe producir este primer efecto: que hagamos una parada para repensar el camino hasta ahora andado y para crear nuevos modelos que nos permitan continuar juntos y vivos en este pequeño planeta. Tenemos que reencontrar nuestras raíces terrenales. Urge que reconquistemos la conciencia de que hombre viene de humus (tierra fecunda) y que Adán viene de Adamah (tierra fértil). Somos Tierra que siente, piensa, ama y venera. Y ahora, debido a un trayecto civilizatorio de alto riesgo, montado sobre la explotación ilimitada de todos los recursos de la Tierra y de la voluntad desenfrenada de dominación sobre la naturaleza y sobre los otros, hemos llegado a un punto crítico en el que la supervivencia humana corre peligro.

No podemos continuar tal como vamos o iremos al encuentro de nuestra propia destrucción. Todavía recientemente Gorbachev observaba: «necesitamos un nuevo modelo civilizatorio porque el actual llegó a su fin y agotó sus posibilidades; tenemos que llegar a un consenso sobre nuevos valores o en 30 ó 40 años puede que la Tierra exista sin nosotros». ¿Conseguiremos un consenso mínimo cuando sabemos que el capitalismo y la ecología obedecen a dos lógicas contrarias? El primero se preocupa de cómo ganar más dominando la naturaleza y buscando el beneficio económico, y la ecología de cómo producir y vivir en armonía con la naturaleza y con todos los seres. Hay aquí una incompatibilidad de base. O el capitalismo se niega a sí mismo y crea así espacio para el modo sostenible de vivir o nos llevará fatalmente al destino de los dinosaurios.

Pero confiamos, como Evo Morales, que en su discurso enfatizó: «tengo total confianza en el ser humano, en su capacidad de razonar, de aprender con sus errores, de recuperar sus raíces y de cambiar para forjar un mundo justo, diverso, inclusivo, equilibrado y armónico con la naturaleza».

Nos consuela la sentencia del poeta alemán Hölderin: «Cuando es grande el peligro, grande es también la salvación». Cuando, dentro de unos años, alcancemos el corazón de la crisis y todo esté en juego, entonces valdrá la sabiduría ancestral y del cristianismo de los orígenes: «en caso de extrema necesidad, todo se vuelve común». Capitales, saberes y haberes serán participados por todos para poder salvar a todos. Y nos salvaremos, con la Tierra.