lunes, noviembre 19, 2007

Retirada sostenible

Leonardo Boff
teólogo brasileño

A los grandes medios de comunicación les pasó desapercibido el impresionante discurso que el presidente de Bolivia, Evo Morales, pronunció el pasado octubre en las Naciones Unidas. Habló menos como jefe de Estado y más como un líder indígena cuya visión de la Tierra y de los problemas ambientales está en clara confrontación con el sistema mundial imperante. Denuncia sin rodeos: «la enfermedad de la Tierra se llama modelo de desarrollo capitalista», que permite la perversidad de que «tres familias posean ingresos superiores al PIB de los 48 países más pobres», y que hace que «Estados Unidos y Europa consuman en promedio 8,4 veces más que la media mundial». E hizo esta sabia reflexión de graves consecuencias: «ante esta situación, nosotros, los pueblos indígenas y los habitantes humildes y honestos de este Planeta, creemos que ha llegado la hora de hacer un alto para reencontrarnos con nuestras raíces, con el respeto a la Madre Tierra; con la Pachamama, como la llamamos en los Andes».

La alarma ecológica provocada por el calentamiento global ya iniciado debe producir este primer efecto: que hagamos una parada para repensar el camino hasta ahora andado y para crear nuevos modelos que nos permitan continuar juntos y vivos en este pequeño planeta. Tenemos que reencontrar nuestras raíces terrenales. Urge que reconquistemos la conciencia de que hombre viene de humus (tierra fecunda) y que Adán viene de Adamah (tierra fértil). Somos Tierra que siente, piensa, ama y venera. Y ahora, debido a un trayecto civilizatorio de alto riesgo, montado sobre la explotación ilimitada de todos los recursos de la Tierra y de la voluntad desenfrenada de dominación sobre la naturaleza y sobre los otros, hemos llegado a un punto crítico en el que la supervivencia humana corre peligro.

No podemos continuar tal como vamos o iremos al encuentro de nuestra propia destrucción. Todavía recientemente Gorbachev observaba: «necesitamos un nuevo modelo civilizatorio porque el actual llegó a su fin y agotó sus posibilidades; tenemos que llegar a un consenso sobre nuevos valores o en 30 ó 40 años puede que la Tierra exista sin nosotros». ¿Conseguiremos un consenso mínimo cuando sabemos que el capitalismo y la ecología obedecen a dos lógicas contrarias? El primero se preocupa de cómo ganar más dominando la naturaleza y buscando el beneficio económico, y la ecología de cómo producir y vivir en armonía con la naturaleza y con todos los seres. Hay aquí una incompatibilidad de base. O el capitalismo se niega a sí mismo y crea así espacio para el modo sostenible de vivir o nos llevará fatalmente al destino de los dinosaurios.

Pero confiamos, como Evo Morales, que en su discurso enfatizó: «tengo total confianza en el ser humano, en su capacidad de razonar, de aprender con sus errores, de recuperar sus raíces y de cambiar para forjar un mundo justo, diverso, inclusivo, equilibrado y armónico con la naturaleza».

Nos consuela la sentencia del poeta alemán Hölderin: «Cuando es grande el peligro, grande es también la salvación». Cuando, dentro de unos años, alcancemos el corazón de la crisis y todo esté en juego, entonces valdrá la sabiduría ancestral y del cristianismo de los orígenes: «en caso de extrema necesidad, todo se vuelve común». Capitales, saberes y haberes serán participados por todos para poder salvar a todos. Y nos salvaremos, con la Tierra.

viernes, octubre 05, 2007

Economía de guerra

Federico Mayor Zaragoza
Presidente Fundación Cultura de Paz

La violencia no debe justificarse nunca. Pero debe estudiarse para conocer sus orígenes, para contribuir a evitarla y a prevenirla. Dos raíces principales: la miseria y el miedo. Hay que situarse en la piel de los millones de seres humanos, que viven en condiciones inhumanas. Las promesas para mejorarlas, reiteradas por los países más prósperos, se han frustrado casi siempre. Y con el transcurrir de días y años en esta situación de desamparo, de exclusión, de humillación, se van extendiendo los sentimientos de frustración, de animadversión, de rencor, de radicalización, hasta el punto de que ya ninguna solución parece posible. Y es entonces cuando estalla, a veces, la reacción violenta.

Los líderes de la Tierra deberían ver cómo transcurre la vida diaria de la mayor parte de la gente. Cómo son los caldos de cultivo en los que se colman los vasos de la paciencia y de la serenidad y, un día, de pronto, los hombres gritan: "¡Basta!", y, sin aguardar más usan la fuerza. La FAO da cifras estremecedoras: alrededor de 60.000 personas mueren cada día de inanición. ¿De verdad buscan “armas de destrucción masiva?”. Su nombre es hambre.

Las brechas que separan a los prósperos de los necesitados han aumentado; los desgarros en el tejido social se han intentado restañar con balas en lugar de con ayudas, diálogo y entendimiento.

Se quiera o no reconocer, a finales del año 2007 estamos abocados a una economía de guerra que concentra en muy pocas manos el poder económico, y que recurre a toda clase de pretextos para alcanzar colosales proporciones. La guerra de Iraq, basada en supuestos falsos, fue un gran impulso para la maquinaria bélico-industrial. Ahora, a los escudos antimisiles, que representan la ruptura de los acuerdos tan difícilmente alcanzados al término de la guerra fría, se añade el rearme masivo no sólo de Israel sino de todos los países del Golfo: 46.000 millones de euros. “Si quieres la paz, prepara la guerra”.

La amenaza a Irán costará miles de vidas, víctimas del círculo vicioso de la economía de mercado, que perpetúa la pobreza, y de la economía de guerra, que intenta solucionar una vez más los grandes retos de la humanidad por la fuerza. Estados Unidos lidera y los demás países prósperos dejan hacer. La Unión Europea, que debería ser símbolo de la cultura de paz y de la democratización en el mundo, sigue ocupada en problemas estructurales que le impiden llevar a cabo su misión de guía y de vigía.

Es urgente humanizar la globalización, reducir las desigualdades y conseguir que los flujos migratorios constituyan una opción y no el camino forzado de los marginados. Poner a los seres humanos como objetivo prioritario. Al amparo de la lucha contra el terrorismo, los regímenes autoritarios promulgan leyes restrictivas de las libertades y se saltan, ante unos aliados que asienten o que miran hacia otro lado, las normas jurídicas de amparo de los prisioneros para evitar la tortura y el tratamiento indebido. La seguridad no debe garantizarse a costa de los derechos humanos.

La globalización no repara en las condiciones laborales, en los mecanismos de poder, en el respeto de los derechos humanos. A través de megafusiones, el panorama mundial no sólo se ha enrarecido e incrementado en desigualdades sino que se han desvanecido las responsabilidades que correspondían a quienes desempeñaban las funciones de Gobierno en nombre de sus ciudadanos. No sólo los aspectos económicos y sociales, sino el impacto ambiental, la uniformización cultural, el decaimiento de las referencias morales dependen en buena parte del poder sin rostro de grandes empresas multinacionales.

Es apremiante que los líderes occidentales se den cuenta de que “estar muy bien en casa” no puede hacerse a costa de muchos habitantes de la Tierra. El destino es común. Y no sirve de nada cerrar puertas y ventanas. Y menos aún convertirlas en espejos de complacencia. Es hora de responsabilidad. De pasar de la fuerza al diálogo, a la democracia auténtica. Es tiempo de llevar a efecto la profecía de Isaías: “Convertirán las lanzas en arados”. Que nadie diga que no es posible. Que lean el discurso La estrategia de paz, del presidente John F. Kennedy, en la American University de Washington DC el 10 de junio de 1963: “No podemos aceptar que la paz sea inalcanzable, que nos hallamos bajo el efecto de fuerzas que no podemos controlar. Ningún problema del destino de la humanidad está más allá de la capacidad creadora de los seres humanos”.