miércoles, mayo 16, 2007

Cualquiera no puede sembrar paz

José Antonio Pagola

sacerdote español

Siguiendo la costumbre judía, los primeros cristianos se saludaban deseándose mutuamente la «paz». No era un saludo rutinario y convencional. Para ellos tenía un significado más profundo. En una carta que Pablo escribe hacia el año 61 a una comunidad cristiana de Asia Menor, les manifiesta su gran deseo: «Que la paz de Cristo reine en sus corazones».

Esta paz no hay que confundirla con cualquier cosa. No es una ausencia de conflictos y tensiones. Tampoco una sensación de bienestar o una búsqueda de tranquilidad interior. Según el evangelio de Juan, es el gran regalo de Jesús, la herencia que ha querido dejar para siempre en sus seguidores. Así dice Jesús: «Les dejo la paz, les doy mi paz».

Sin duda, recordaban lo que Jesús había pedido a sus discípulos al enviarlos a construir el reino de Dios: «En la casa en que entren, digan primero: paz a esta casa». Para humanizar la vida, lo primero es sembrar paz, no violencia; promover respeto, diálogo y escucha mutua, no imposición, enfrentamiento y dogmatismo.

¿Por qué es tan difícil la paz? ¿Por qué se vuelve una y otra vez al enfrentamiento y la agresión mutua? Hay una respuesta primera, tan elemental y sencilla, que nadie la toma en serio: sólo los hombres y mujeres que poseen paz, pueden ponerla en la sociedad.

Cualquiera no puede sembrar paz. Con el corazón lleno de resentimiento, intolerancia y dogmatismo se puede movilizar a la gente, pero no es posible aportar verdadera paz a la convivencia. No se ayuda a acercar posturas y a crear un clima amistoso de entendimiento, mutua aceptación y diálogo.

No es difícil señalar algunos rasgos de la persona que lleva en su interior la paz de Cristo. Busca siempre el bien de todos, no excluye a nadie, respeta las diferencias, no alimenta la agresión, fomenta lo que une, nunca lo que nos enfrenta.

¿Qué estamos aportando hoy desde la Iglesia de Jesús? ¿Concordia o división? ¿Reconciliación o enfrentamiento? Y si los seguidores de Jesús no llevan paz en su corazón, ¿qué es lo que llevan? ¿Miedos, intereses, ambiciones, irresponsabilidad?

El último gesto

Jesús era realista. Sabía que no podía transformar de un día para otro aquella sociedad donde veía sufrir a tanta gente. No tenía poder político ni religioso para provocar un cambio revolucionario. Sólo tenía su palabra, sus gestos y su fe grande en el Dios de los que sufren.

Por eso le gusta tanto hacer gestos de bondad. «Abraza» a los niños de la calle para que no se sientan huérfanos. «Toca» a los leprosos para que no se vean excluidos de las aldeas. «Acoge» amistosamente a su mesa a pecadores e indeseables para que no se sientan despreciados.

No son gestos convencionales. Le salen desde su voluntad de hacer un mundo más amable y solidario en el que las personas se ayuden y se cuiden mutuamente. No importa que sean gestos pequeños. Dios tiene en cuenta hasta el «vaso de agua» que damos a quien tiene sed.

A Jesús le gusta sobre todo «bendecir». Bendice a los pequeños y bendice sobre todo a los enfermos y desgraciados. Su gesto está cargado de fe y de amor. Desea envolver a los que más sufren con la compasión, la protección y la bendición de Dios.

No es extraño que, al narrar la despedida de Jesús, Lucas lo describa levantando sus manos y «bendiciendo» a sus discípulos. Es su último gesto. Jesús entra en el misterio insondable de Dios y sus seguidores quedan envueltos en su bendición.

Hace ya mucho tiempo que lo hemos olvidado, pero la Iglesia ha de ser en medio del mundo una fuente de bendición. En un mundo donde es tan frecuente «maldecir», condenar, hacer daño y denigrar, es más necesaria que nunca la presencia de seguidores de Jesús que sepan «bendecir», buscar el bien, hacer el bien, atraer hacia el bien.

Una Iglesia fiel a Jesús está llamada a sorprender a la sociedad con gestos públicos de bondad, rompiendo esquemas y distanciándose de estrategias, estilos de actuación y lenguajes agresivos que nada tienen que ver con Jesús, el profeta que bendecía a las gentes con sus gestos y palabras de bondad.

viernes, mayo 04, 2007

Ciencia o fe

Alberto Piris
escritor y comentarista

La enseñanza de la religión a cargo del Estado ha sido y sigue siendo en muchos países asunto abierto a una amplia polémica. Más de dos millones y medio de jóvenes ciudadanos estadounidenses son educados en el seno de sus propias familias por el temor que tienen sus padres a que sean expuestos a la teoría de la evolución, que contradice el fundamentalismo bíblico sobre la creación del mundo y la aparición del ser humano. En sus libros de texto estudian que el mundo fue creado hacia el año 6000 A .C. y que el relato bíblico de la aparición de la vida sobre la Tierra es una descripción exacta de cómo transcurrió el pasado de la humanidad.

Hay otros países, como ocurre en el Reino Unido, donde más de sesenta colegios han decidido que en los programas escolares la teoría de la evolución no debe ser considerada como única e indiscutible, sino que debería ser contrastada con otras teorías, tales como la del “diseño inteligente”, que no es sino un nuevo creacionismo vestido con un precario ropaje científico, que no resiste el más elemental análisis racional a la luz de los avances de la ciencia.

De cualquier modo como se analice esta cuestión, hay un aspecto que salta a la vista: la enseñanza de la religión no puede dejar espacios abiertos a la duda; necesita ser dogmática e inflexible para evitar disidencias y herejías. Por el contrario, la esencia del conocimiento científico se basa en la duda sistemática, en la generación de hipótesis y en la adopción de la que mejor satisfaga el contraste con la realidad.

No es sólo la retórica religiosa la que produce rechazo en quienes no comparten la misma fe: es la ausencia de dudas, la seguridad en sus dogmas, en sus libros religiosos y en sus prácticas de vida. Ningún razonamiento, aunque se plantee de manera irreprochable, podrá hacer dudar a quien rige su vida por un libro santo, inalterable al paso de los siglos.

Por el contrario, ningún método científico rehuye la duda, sino que la suscita y la lleva al primer plano del debate. Cualquier razonamiento científico admite la duda; es más, la necesita y sobrevive gracias a ella. Hasta hoy se tiene por cierto que la velocidad de la luz es un límite máximo insuperable; pero ningún científico sincero negaría la posibilidad de que en ciertas circunstancias pudiera ser rebasada. Que de momento no se hayan estudiado hipótesis en las que esto suceda, no significa su imposibilidad absoluta.

Ciencia y fe difieren en un aspecto radical: la necesidad de la duda o su rechazo total. Lo que nos conduce a una primera conclusión: mientras la ciencia es capaz de evolucionar al paso del tiempo, la religión basada en la fe no puede hacerlo, so pena de correr el riesgo de desvirtuarse y perder capacidad de persuasión ante sus adeptos. Ante las inevitables incertidumbres que toda religión produce en quienes la abrazan, pero desean seguir ejerciendo libremente su propio juicio, la respuesta venía ya dictada con claridad en el viejo catecismo católico: “no me lo preguntéis a mí que soy ignorante. Doctores tiene la Santa Madre Iglesia que os sabrán responder”. La ignorancia de los creyentes es la defensa de la fe frente a la ciencia.

Sucede que desde que se escribieron los textos que constituyeron el Génesis bíblico, la ciencia ha evolucionado a pasos de gigante mientras que los fundamentalistas evangélicos, que dan por cierta la descripción bíblica de la creación, permanecen anclados en un remotísimo pasado, apoyados en su fe y en abierta contradicción con la más evidente realidad.

Hay quienes teorizan sobre el choque entre las civilizaciones, sobre todo a causa de su base religiosa. Pero lo que de verdad aflora, dentro de esas mismas civilizaciones, es el choque entre la fe ciega que salta sobre la razón y la ignora, y las realidades objetivas que la ciencia va descubriendo en su incesante progreso.

Si el terrorista suicida islámico no tuviera la certeza de hallar el paraíso como recompensa a su acto criminal, o si el fundamentalista bíblico no creyera que Dios le habla y le aconseja invadir Iraq, la humanidad se habría ahorrado mucho dolor y mucha sangre.