viernes, marzo 02, 2007

Pensar críticamente

Rigoberto Lanz

Sociólogo venezolano

“Verdad científica, en la práctica, es lo

que hoy afirman algunos científicos sin

provocar gran escándalo entre sus colegas”.

Oscar Varsavsky: Hacia una política científica nacional

Poder actuar en la vida bajo la onda de un talante crítico vale oro. Contar con la voluntad personal para asumir críticamente todo cuanto acontece en la vida pública y privada es una fortuna. Por eso mismo, estar desprovistos de estas valiosísimas condiciones del espíritu es una desgracia. El pensamiento que resuena está siempre acompañado por la capacidad crítica para tomar distancia de lo establecido. El arte que retumba en nuestra sensibilidad ha sido creado con toda seguridad bajo el influjo de un torrente crítico (que desafía el canon y contesta las convenciones del poder) La calidad intelectual de una corriente de pensamiento—en el terreno que sea—está siempre asociada a la voluntad ética de colocarse críticamente frente al status quo. Los grandes pensadores que circulan en nuestras referencias han sido principalmente impugnadores de su tiempo.

Lo anterior viene a cuento a propósito del debate sobre la ciencia y sus implicaciones ético-políticas. Discusión que involucra de inmediato el agudo problema del compromiso del intelectual, las complejas relaciones entre el conocimiento y el poder, la actividad de investigación y la militancia política, los límites entre la teoría y la práctica, las elecciones morales y las elecciones epistemológicas, los gustos estéticos y los gustos ideológicos.

Si uno rastrea un poco en la historia cómo se ha escenificado este problema notará que existen tres modalidades típicas: la primera, caracterizada por la explícita asunción de un autor de su compromiso científico y político (allí no hay nada que interpretar puesto que el autor ha dejado clara su pertenencia a un determinado constructo ideológico); la segunda es aquella situación en la que el autor hace lo imposible por disimular sus inclinaciones políticas e ideológicas (allí la labor es ardua puesto que es preciso aplicar métodos de denuncia y puesta en evidencia de los ocultamientos y simulacros); la tercera modalidad es tal vez la más frecuente y extendida; consiste en una candidez epistemológica muy conmovedora donde el investigador o el artista de verdad no tienen idea de los presupuestos de su quehacer (aquí no queda otro remedio que compadecer el drama de esta ingenuidad y contribuir a que ocurra alguna sacudida existencial)

En la vida real estas fronteras son muy borrosas propendiéndose a una mezcla muy variada de estos elementos en atención a los contextos institucionales y a los rasgos propios de cada coyuntura. En todo caso, el síndrome del ocultamiento de los intereses y las afinidades ideológico-políticas es un antiguo dispositivo de los que se ha valido el cientificismo y sus mandarines para escamotear la discusión de fondo sobre las implicaciones políticas de la ciencia (que por cierto no son sólo el “uso” sino los fundamentos mismos de esa racionalidad científico-técnica)

La voluntad crítica del pensamiento y la sensibilidad es la más valiosa herramienta que heredamos de la Modernidad. Sin ella el trabajo intelectual deviene acoplamiento burocrático a los dictámenes del poder. Sin voluntad crítica el pensamiento es pura ingeniería al servicio de los aparatos imperantes. La dimensión crítica del pensamiento es una condición constitutiva de su fuerza revolucionaria. Es muy raro que una postura acrítica tenga algún efecto emancipatorio. La acriticidad representa la clausura de la creatividad, de la pulsión subversiva de un pensar libre. Entre más comprometida es una posición teórica más crítica ha de ser su capacidad para impugnar lo establecido (cualquiera sea el tenor de lo establecido)

En el terreno político la función crítica del pensar se vuelve especialmente decisiva: porque protege contra la funcionalización burocrática, porque vacuna contra el seguidismo y la subordinación, porque refuerza la autonomía creativa que es consustancial a un pensamiento revolucionario. Los aparatos políticos son pocos proclives a cualquier forma de crítica (más allá de la retórica de la “ato-crítica” y otros tipos de flagelación a los militantes) Los aparatos de Estado son igualmente reacios a estas veleidades intelectuales. Así que entre aparatos difícilmente encontraremos el ambiente apropiado para el cultivo de un pensamiento crítico. Es justamente contra ellos como se abre camino una experiencia emancipatoria que irrumpe al mismo tiempo contra las miserias del poder en la vida ordinaria de la gente y contra todos los modos de dominación en la vida del intelecto. Una y otra cosa siempre andan juntas. Las batallas cotidianas frente a las diversas hegemonías corren parejas con las luchas permanentes por una reflexividad libertaria. La pulsión voluntaria no basta para lograrlo pero es de seguro una poderosa palanca para movilizar el espíritu, para estremecer la sensibilidad, para provocar todas las audacias de un talento verdaderamente subversivo.

La voluntad crítica no se inyecta como los antibióticos pero bueno sería que muchos entusiastas militantes del tareismo, de la práctica y de lo concreto recibiesen una dosis temprana para librarlos del infierno del servilismo.

jueves, marzo 01, 2007

¿Usted es rico?

Frei Betto

Religioso dominico

A casi todo el mundo le gustaría ser rico. Ese sueño alimenta loterías, bingos y ciertas iglesias que, a cambio de los menguados recursos de los fieles, prometen prosperidad en la tierra y una confortable eternidad en el cielo. El problema está en que ser rico es, para muchos, una cuestión de suerte, igual que el nacer en una familia de buena posición o que ganar a los dados; para otros es una cuestión de oportunidad, como los corruptos; para unos pocos es fruto de la inteligencia y del trabajo, como el caso de Bill Gates, que abandonó la universidad para entretenerse con la informática en el garaje de su casa y vio rechazada su solicitud de una tarjeta de crédito de la American Express por falta de ingresos suficientes.

Se calcula que la fortuna de la especie humana, sumados ingresos y patrimonios, alcanza hoy unos US$ 133 mil billones. Más de la mitad está en manos de apenas un 2% de la población mundial, o sea de 13 millones de personas, que es como la población de São Paulo. En el otro extremo está la mitad de las personas más pobres, que suman unos 4,000 millones y disponen sólo del 1% de la riqueza del mundo, o sea el equivalente a US$ 133.5 mil millones.

Estos datos son del Instituto Mundial de Investigación Económica del Desarrollo, vinculado a la universidad de la ONU, que funciona en Finlandia.

Si usted tiene un patrimonio superior a US$ 60,000, sepa que forma parte del selecto club del 10% de los más ricos del mundo. Lo cual le permite tratar como colega a Bill Gates, aunque el patrimonio de éste sea el equivalente a todo lo que el Brasil tiene de reserva cambiaria: US$ 80 mil millones. Gates, sin embargo, integra también otro club, exclusivísimo: el que reúne al 1% de adultos (37 millones de personas) con un patrimonio superior a los US$ 500 mil.

Si su patrimonio es de US$ 2,300 considérese feliz, pues usted forma parte de la mitad superior de la escala mundial de la riqueza. La riqueza mundial está concentrada de tal modo en tan pocas manos que, si fuese distribuida equitativamente, a cada habitante del planeta le tocarían US$ 20,500.

Casi el 90% de la fortuna mundial pertenece a los habitantes de los Estados Unidos de América, de Canadá, de Europa, de Japón y de Australia. A pesar de que los Estados Unidos y Canadá tienen apenas el 6% de la población adulta del mundo, les corresponde el 34% del patrimonio familiar total. Casi un tercio de la riqueza del 10% de los más ricos del mundo se concentra en los Estados Unidos. No es por nada que tantos miran a aquel país al igual que las caravanas del desierto divisan un oasis en cada duna de arena…

¿Y el Brasil? Posee apenas el 1.3% de la riqueza mundial, aunque tenga el 2.8% de la población de la tierra. Aquí el 10% de los más ricos tiene un patrimonio equivalente al 1.5% del patrimonio del 10% de los más ricos del mundo. Si se hace la comparación con el 10% de los más pobres del mundo, nuestro país se queda con el 1.9% del patrimonio.

La China no figura entre los más ricos porque el patrimonio medio de su población es modesto y la distribución de los ingresos es equilibrada, según los patrones internacionales. Cuando un país se enriquece se modifica la manera en que su población mantiene su patrimonio. En las naciones emergentes, como el nuestro, los ricos prefieren tenerlo en forma de inmuebles, tierras y terrenos (¡viva el latifundio!). En los de renta media predominan el ahorro y las inversiones financieras. En los más ricos, como los Estados Unidos y el Reino Unido, las fortunas se multiplican a través de acciones e inversiones financieras sofisticadas, el dinero se mantiene en paraísos fiscales o se invierte en los países pobres, ansiosos por atraer capital extranjero. A pesar de todo, una buena noticia para los más pobres: su población está menos endeudada, no por la precaución de las personas, sino porque las instituciones financieras no acostumbran a dar créditos a quienes no tienen ni ingresos ni patrimonio.

La investigación de la ONU demuestra que estamos lejos de la justicia global. El egoísmo (yo primero, después yo y a continuación los demás) encontró en el capitalismo su cultura fértil y expansiva. Lo que es un mal pasó a ser un derecho: el de acumular riqueza en detrimento del bienestar ajeno.

¿Hasta cuándo soportarán los pobres semejante injusticia? En América Latina ya se comienza a esbozar la respuesta: con un 40% de su población condenada a la pobreza y a la miseria, los electores manifestaron este año que prefieren presidentes electoralmente comprometidos con los cambios sociales. Queda por saber si administrativamente responderán a las expectativas o preferirán romper el huevo de la serpiente.