martes, abril 04, 2006

Un final de farsa para el sueño americano

Robert Fisk
periodista especializado
en Oriente Medio


E s una luminosa mañana de invierno y doy sorbos a mi primer café del día en Los Angeles. Mis ojos se mueven como el rayo de un radar en busca de la palabra que domina la mente de todo corresponsal en Medio Oriente: Irak. Después de la invasión, y después de Judith Miller, la prensa estadounidense supuestamente debería estar desafiando las mentiras de esta guerra. Por lo tanto, el artículo bajo en el encabezado Batalla de ingenios; la mente maestra de la insurgencia iraquí, siempre un paso adelante de EU, merece ser leído, ¿no es así?

Fechado en Washington (una ciudad extraña si lo que se pretende es aprender algo sobre Irak), el primer párrafo dice lo siguiente: "A pesar del reciente arresto de un futuro atacante suicida en Jordania y de algunos colaboradores clave, la mente maestra de la insurgencia, Abu Mussab Zarqawi ha evadido la captura. Las autoridades estadounidenses dicen que esto se debe a que el dirigente cuenta con una red de operaciones de inteligencia mucho mejor que la de Estados Unidos".

Sin obviar el hecho de que muchos iraquíes -al igual que yo mismo- tienen serias dudas de la existencia de Zarqawi, y aún suponiendo que existe la Al Qaeda de Zarqawi, este hombre no amerita el título de "mente maestra de la insurgencia"; lo que más llamó mi atención fue eso de que "las autoridades estadounidenses dicen...".

Al seguir leyendo el reportaje, noto las fuentes oficiales citadas por el Los Angeles Times para contar este cuento extraordinario. Creí que los reporteros estadounidenses ya no confiaban en la administración; no después de las míticas armas de destrucción masiva y los igualmente míticos nexos entre Saddam y los crímenes internacionales contra la humanidad del 11 de septiembre de 2001. Me equivoqué, por supuesto.

Estas son las fuentes -en la página 1 y 10 de la historia hilada por los reporteros Josh Meyer y Mark Mazzetti: "Dijeron funcionarios estadounidenses", "señaló un funcionario antiterrorismo del Departamento de Justicia", "Funcionarios... dijeron", "los mismos funcionarios añadieron", "los funcionarios estadounidenses subrayaron", "autoridades estadounidenses creen", "un funcionario de alto rango de la inteligencia estadounidense", "funcionarios jordanos dijeron", "los funcionarios estadounidenses dijeron", "según funcionarios estadounidenses".

En verdad atesoro este artículo. Prueba mi punto de que el Los Angeles Times y todos los diarios de la gran costa este deberían llamarse Funcionarios estadounidenses dicen. Pero no es esta fascinación con el poder político lo que me desespera. Vayamos a un ejemplo más reciente de lo que sólo puedo llamar racismo institucional en la manera en que Estados Unidos reporta sobre Irak. Debo agradecerle al lector, Andrew Gorman, por esta joya: se trata de un despacho que hizo Associated Press en enero pasado sobre el asesinato de un prisionero iraquí cuando era interrogado por el oficial estadounidense, Lewis Welshofer Jr.

Este oficial, según trascendió en una corte, metió al general iraquí Abed Hamed Mowhoush, empezando por la cabeza, en una bolsa de dormir y luego se sentó en su pecho en una acción que, de manera nada sorprendente, causó que el general muriera. El jurado militar ordenó -lector, contén la respiración- una reprimenda contra Welshofer, la retención de 6 mil dólares de su salario y su confinamiento en barracas durante 60 días.

Pero lo que más llamó mi atención fue este detalle de solidaridad. La esposa de Welshofer, Barbara, dijo a Ap que "está preocupada por cómo va mantener a sus tres hijos si su esposo es sentenciado a prisión. 'Lo amo por luchar por esto, dijo con lágrimas anegándole los ojos. El siempre dijo que había que hacer lo correcto, y a veces eso es lo más difícil'".

Nótese cómo el remordimiento del asesino estadounidense no está dirigido a su indefensa y muerta víctima, sino hacia el honor de los otros soldados, a pesar de que una audiencia preliminar reveló que algunos de los colegas de Welshofer lo vieron meter al general en la bolsa de dormir y no hicieron nada para detenerlo.

Un despacho anterior de Ap indicaba que "funcionarios" -aquí los tenemos de nuevo- "creían que Mowhoush tenía información que podría "destruir la columna vertebral de la insurgencia". ¡Guau! El general lo sabía todo acerca de los 40 mil insurgentes iraquíes. Qué buena idea era meterlo cabeza abajo en una bolsa de dormir y sentarse en su pecho.

Lo que es el verdadero escándalo de estos reportes es que no nos dicen nada de la familia del general. ¿No tenía esposa? Me imagino que las lágrimas también "anegaron sus ojos" cuando le dijeron la forma en que murió su marido. ¿No tenía hijos el general? ¿No tenía padres? ¿Ningún ser querido que "tratara de contener el llanto" cuando les hablaron de este vil hecho? No. Según el reporte de Ap, no tenía a nadie. El general Mowhoush parece un objeto; una criatura deshumanizada que quería impedir que los estadounidenses "destruyeran la columna vertebral" de la insurgencia, con todo y que fue asfixiado dentro de una bolsa de dormir.

Aplaudamos ahora a Ap. En una igualmente luminosa mañana de verano en Australia, hace unos días, abrí el Sydney Morning Herald. En la página 6 me informó que la agencia noticiosa, usando la Ley de Libertad de Acceso a la Información, obligó a las autoridades estadounidenses a hacer públicas más de 5 mil páginas de transcripciones de audiencias en el campo de detención de Guantánamo.

Una de estas transcripciones corresponde a la audiencia del ya excarcelado prisionero británico, Feroz Abbassi. En ella, el acusado exige en vano al juez, un coronel de la fuerza aérea estadounidense, que le revele la evidencia que hay en su contra, y afirma que este es su derecho, según la ley internacional.

Y esto es lo que le responde el coronel estadounidense: "Señor Abassi, su conducta es inaceptable y esta es la última advertencia que le hago. No me importa el derecho internacional. No quiero oír esas palabras sobre el derecho internacional. No nos preocupa el derecho internacional".

¡Ay! esas palabras -que simbolizan el fin último del sueño americano- están sepultadas en el resto del artículo. El coronel, quien claramente es una vergüenza para el uniforme que porta, no aparece en el insípido encabezado del periódico de Sydney (Documentos estadounidenses revelan la historia de los presos en Guantánamo), y está más interesado en decirnos que los documentos en cuestión identifican a "granjeros, tenderos y pastores" detenidos en el penal.

Ahora estoy en Wellington, Nueva Zelanda, viendo en CNN los ataques de Saddam Hussein contra la corte de Bagdad que lo juzga. Repentinamente, el espantoso Saddam desaparece de mi pantalla. La audiencia proseguirá en secreto, lo que reducirá a esta corte marcial a una farsa. Es una vergüenza. ¿Y qué es lo que nos dice, respetuosamente, CNN? ¡Que el juez ha "decidido suspender la cobertura en medios"!

Entonces me digo a mí mismo: ¡Si tan sólo CNN y toda la prensa estadounidense hicieran lo mismo!

Traducción: Gabriela Fonseca
http://www.jornada.unam.mx/2006/03/30/043a1mun.php

viernes, marzo 24, 2006

Carta a Monseñor Romero
“No se olviden que somos hombres”

Jon Sobrino, si
El Salvador


Querido Monseñor:

Pocos días antes de tu martirio esto es lo que respondiste a un periodista que te preguntaba cómo ser solidarios con el pueblo salvadoreño: “que no se olviden que somos hombres, y aquí están muriendo, huyendo, refugiándose en las montañas”. Recuerdo bien estas palabras, porque cada vez me parecen más necesarias.


La ultimidad del sufrimiento

Fueron una genialidad de las que ya no se oyen. Sólo se les ocurre a quienes no se contentan con repetir obviedades, sino a los lúcidos, a los misericordiosos, que se dejan remover en las entrañas por el sufrimiento de estos pueblos, a los creyentes de verdad, que ven en los cuerpos destrozados el cuerpo del mismo Dios.

Monseñor, tocaste fondo. Con buen sentido, también dijiste cosas concretas: “el que tenga fe en la oración, que sepa que es una fuerza que ahora se necesita mucho aquí... Y en el aspecto material, aquí hay mucho dónde emplear dinero”. Pero lo fundamental es que nos remitiste a “lo último”, a aquello más allá de lo cual no se puede ir. Y eso no es frecuente. Lo normal es quedamos en “lo penúltimo”, en aquello que podemos controlar sin ser controlados.

No sé si el periodista quedó satisfecho. Pero sin decir nada, lo dijiste todo; y sin exigir nada, lo exigiste todo. “No se olviden que somos seres humanos. No pasemos de largo ante el sufrimiento de los seres humanos”. A tu modo, y sin saberlo, te adelantabas a la intuición de un gran teólogo de nuestros días, Juan Bautista Metz. Pensando en cómo ha cambiado el cristianismo y cómo hay que volver a lo fundamental suele decir: “El cristianismo, de una religión sensible al sufrimiento, se convirtió cada vez más en una religión sensible al pecado. Su mirada no se dirigió primero al sufrimiento de la criatura, sino a su culpa. Esto entumecía la sensibilidad por el sufrimiento ajeno y oscurecía la visión bíblica de la justicia de Dios que, después de Jesús, había de valer para toda hambre y sed”. Las palabras pueden extrañar, pero nos recuerdan lo fundamental de Jesús, y recalcan con gran fuerza lo que tú decías: “Una cosa les pido: no se olviden de los hombres y mujeres sufrientes de nuestro pueblo”.

Hoy, años después, te seguimos echando en falta, Monseñor, por muchas cosas. Yo en lo personal, por tu clarividencia y audacia en decir cosas últimas como ésta. Líderes, políticos, profesionales, ideólogos, hablamos y analizamos muchísimas cosas, pero cuesta dar el paso y llegar a lo último: cómo está lo humano entre nosotros, y preguntarnos si vamos bien o vamos mal en lo humano. Parece veleidad superflua dedicar tiempo a pensar y construir “lo humano” -mientras dedicamos tiempos y recursos infinitos a otras cosas. Menciono algunas que pueden ser necesarias y buenas: cómo producir más y ser competitivos, cómo facilitar diversión y esparcimiento, y otras no tan buenas: cómo acercarnos a las maravillas que vienen del norte, como si esto ya garantizase vivir cada uno y unos con otros “humanamente”. Poner lo humano en el centro de interés no dejaría de ser una cursilería, tolerable en el ámbito de lo privado, pero risible en el ámbito público y del poder.

Y lo peor es que, al desaparecer lo humano, se olvida, como tú decías, Monseñor, a los pobres de este mundo. Y de ninguna manera los ponemos en el centro. No nos preguntamos qué hay que hacer por ellos, y menos aún nos preguntamos qué salvación nos pueden dar ellos a nosotros. La civilización de la pobreza, que decía Ellacuría, tantas veces citada, y otras tantas ignorada y despreciada, es lo que en definitiva nos va a salvar. Pero no hacemos caso. Buscamos salvación en bienes y recursos, pero no en lo humano, y menos en lo humano de los pobres. Y así nos va. Si ignoramos lo humano, tarde o temprano todo se viene abajo, e incluso las cosas buenas degeneran.


Humanizar la humanidad

El periodista, por ejemplo, te preguntaba qué solidaridad podría ayudar, y mencionó la ayuda económica y la oración, cosas buenas, ambas, por supuesto. Pero si nos olvidamos de que son seres humanos sufrientes los que la necesitan, la solidaridad degenera, la ayuda languidece y la cooperación internacional termina siendo pensada y llevada a cabo en provecho propio -cuando no se convierte en instrumento de dominación, tal como ocurre con frecuencia. Sin poner a los “seres humanos en el centro”, la solidaridad no humaniza a los que “dan”. Suele, más bien, deshumanizarlos, haciendo que se sientan buenos, superiores, maestros que vienen del mundo civilizado. Y sin poner a los “seres humanos en el centro” no perciben aquéllos cuánto pueden recibir de los pobres, sus valores, su dolor, su esperanza, hasta su gozo. “Santidad primordial” la hemos llamado. Hablar de ayuda que deshumaniza, puede parecer ingratitud o mal gusto, pero ocurre siempre que se olvida que “son hombres”. Hay que planificarla, sí, pero sobre todo hay que humanizarla.

¿Y la oración de la que habla el periodista y tanto nos repiten desde muchas instancias? Evidentemente es cosa buena, pero puede caer en palabrería, en el fatigare deos de los romanos, y en coartada para no luchar contra los dioses que generan las víctimas a las que la solidaridad debe aliviar. Sin tener en cuenta a esas víctimas, lo del Magnificat, “derribó del trono a los poderosos y ensalzó a los humildes”, lo cantaremos al son de guitarras o en polifonía exquisita, pero no sale del corazón y no llega al corazón de Dios.

Bien lo sabes y bien nos lo dijiste, Monseñor. También la religiosidad puede pervertirse. Ahora nos lo advierte tu hermano Casaldáliga: “De la misma fe cristiana se está haciendo un recetario de milagros y prosperidades, refugio espiritualista ante el mal y el sufrimiento y un substitutivo de la corresponsabilidad, personal y comunitaria, en la transformación de la sociedad”. Y eso, Monseñor, no se arregla sólo con mejores planes pastorales o clases de teología. Se le pone remedio volviéndonos a los clamores de lo humano, como los que escuchaba Dios en Egipto y le hizo salirse de si mismo para liberar a esclavos. Y volviéndonos a la bondad y la fe de los humanos, como las de la siriofenicia que cautivó a Jesús.

Y quiero mencionar una tercera cosa: la democracia. Es mejor que las dictaduras y la seguridad nacional que hemos padecido, evidentemente. Pero también necesita sanación, y urgentemente. Si es ir a las urnas, y después de las urnas no hay cambios de vida para los pobres de siempre -y nada digamos cuando hay fraude-; si es proclamar derechos humanos, sin que los pobres tengan acceso a justicia y dignidad; si es vanagloriarse de la libertad de expresión, sin que los pobres puedan hacer uso de ella, peor si no va acompañada de voluntad de verdad, y todavía peor si aquélla sirve para encubrir la negación de ésta; si se reduce a soflamas de igualdad ante la ley, sin crear mínimas condiciones materiales para que esto sea posible… Si en el concierto de las naciones veneramos y servimos a imperios -hoy, la democracia de Estados Unidos-, que impone guerras, controla el comercio en provecho propio y en contra de los pobres, gestiona una globalización que no es tal, pues los excluye y los distancia cada vez más de los países de abundancia... Entonces democracia puede ser flatus vocis o sarcasmo. Para las mayorías “igualdad, libertad, fraternidad” son papel mojado. La conclusión es que no basta con democratizar la democracia, sino que hay que humanizarla. Y eso comienza por no otorgar a ella ultimidad última, ciertamente no en la práctica, pero ni siquiera en teoría, sino a los seres humanos.

Ya ves, Monseñor, que hablo de cosas buenas, solidaridad, religiosidad, democracia, pero muchas veces no funcionan y generan males. No hay que sorprenderse, pues son producto de nuestras manos. Pero pienso que no acaba de interesar que funcionen bien, pues no tomamos en serio lo que está detrás de todas esas cosas, lo que las fundamenta y las pone en la dirección correcta: “los seres humanos”, sobre todo “los que están muriendo, huyendo, refugiándose en las montañas”.

Lo que ocurre, Monseñor, es que ponemos barreras para no enfrentarnos con ellos. A veces las ponemos con malas artes, pero otras veces usamos cosas buenas y necesarias, pero en definitiva para defendemos de ellos. Buena es la economía, la democracia, muchas formas de religión, pero cuántas veces sirven para olvidar y ocultar a millones de hombres y mujeres que son lo realmente último. Ese olvido de lo humano es principio fundamental de deshumanización.


El Dios garante de lo humano

Monseñor, bien sabes cómo lo decía Jesús: “el sábado es para el hombre, y no el hombre para el sábado“. Hoy hay que traducirlo: la democracia y la religión, la solidaridad y la cooperación internacional, los medios de comunicación y las instituciones del saber son para el hombre, y no al revés. Son sobre todo para esos 800 millones que pasan hambre cruel y para los 2,300 millones que tienen que vivir con dos dólares al día. Y no ocurre con facilidad.

No hay que dar por supuesto que nuestros “sábados” no son barreras que nos impiden ver a seres humanos en su realidad concreta. Invertimos cifras que desafían a la imaginación en el buen vivir y el éxito; también invertimos en mentir y encubrir, en armas, guerras, destrucción y muerte. Pero si me permites una palabra que suena a ridiculez, el imperio y “la comunidad internacional” no invierten en bondad, compasión, verdad -aunque dediquen algunos recursos y algunos lo hacen con buena voluntad, a cosas buenas. No invertimos en ética, en esperanza, en el gozo de ser familia humana -y hablo de “invertir” porque es el lenguaje que mejor se entiende hoy. Y lo humano se nos escapa como agua entre las manos.

¿Hay mucho de humano en este mundo, Monseñor? Sí lo hay. No abunda entre los responsables que debieran crear un mundo más humano. Pero, como la semilla del evangelio, vive y crece en mucha gente sencilla, que trabaja y lucha por vivir, que mantiene esperanza y el gozo de la vida. También entre solidarios y voluntarios, intelectuales y profesionales honrados que ponen la ciencia al servicio de la vida, y no al revés. Todos ellos, aun sin saberlo, reproducen muchas de las cosas que nos pedía Pablo, y que tú ejemplificaste: honradez sin componendas, verdad sin acomodos, firmeza sin prepotencia, amor sin fingimiento, y “llevarnos unos a otros”, combatiendo el mal con el bien. Es lo humano.

Monseñor, tú no sólo hablaste de lo humano sino que lo viviste. Por eso, nuestros hermanos anglicanos te han puesto en la fachada de la Catedral de Westminster, en Londres. Al verte muchos pueden encontrar alivio y esperanza, pueden mostrar agradecimiento y pueden tener ánimo para la conversión. Bien estás en Westminster mirándonos a todos. Contigo Cristo volvió a “poner su tienda entre nosotros”.

Y una breve palabra final. Tu invitación y exigencia a “no olvidar a los seres humanos” es como un reverbero de esta otra, que te salió de lo más profundo de tu ser: “Ningún hombre se conoce mientras no se haya encontrado con Dios... ¡Quién me diera, queridos hermanos, que el fruto de esta predicación fuera que cada uno de nosotros fuéramos a encontrarnos con Dios y que viviéramos la alegría de su majestad y de nuestra pequeñez!”.

Dos ultimidades tuviste Monseñor: los pobres y Dios. Ambas se remitían mutuamente, y lo elevaste a teología. Decía bellamente san Ireneo: “la gloria de Dios es el hombre que vive”. Entre los pobres tú lo dijiste de forma todavía más cristiana: “la gloria de Dios es el pobre que vive”.

Te pedimos, Monseñor, que no olvidemos lo humano, a hombres y mujeres, los pobres sobre todo que son camino a Dios. Y que no olvidemos a Dios, defensa del pobre y garantía de lo humano. Así aportaremos, aunque sea un poco, a humanizar la humanidad. Y termino con unas palabras de Casaldáliga en estos días:

“La más esencial tarea de la Humanidad es la tarea de humanizarse. Humanizar la Humanidad es la misión de todos, de todas, de cada uno y cada una de nosotros. La ciencia, la técnica, el progreso, solamente son dignos de nuestro pensamiento y de nuestras manos si nos humanizan más. Frente a ciertos jactanciosos progresos, las estadísticas anuales de ese profeta laico que es el PNUD deberían provocarnos una indignada vergüenza... No se humaniza la humanidad con máquinas y formulaciones (útiles en su tiempo y a su debido modo), sino con la aproximación humana de cada uno y cada una, de cada persona y de cada pueblo. Humanizar la Humanidad practicando la proximidad”.

21 de marzo, 2006.